Publicidad:
Terra
La Coctelera

DANIELA

No se me olvida. Pep me dijo que quería que le investigara el nombre de la modelo de la pasada presentación de la colonia L'eau de minuit, y yo, fiel a mis amigos, estoy haciendo mis pesquisas. Tengo que reconocer que tampoco es muy difícil, ya que, poniéndome en contacto con el organizador de la fiesta, trabajo concluido.

- "¿Alfonso?, hola soy yo. Sí, Selica. Oye, enhorabuena por la presentación del otro día, me encantó, me pareció muy elegante y muy bien preparada; y los canapés, deliciosos, y eso que no tenía mucha hambre".

- "Te agradezco los cumplidos, ya sabes que en este mundillo hay mucha puñalada y se agradece el cariño de los demás".

- "Te quería pedir un favorcito, es una nadería, simplemente quería saber el nombre de la modelo que salió en la presentación, la egipcia".

- "Espera un momento que mire mi agenda. A ver", tras un momento, me responde, "pues no te puedo complacer, no lo tengo anotado, qué raro, me gusta tener todos los datos de mis modelos para otros eventos, espera que recuerde un poco. Sí, vino con su madre a verme, quería una oportunidad; cuando la vi, no lo dudé ni un instante porque, bueno, ya la viste, esa cara de niña de quince, aunque tenía más de veinte, ese pelo negro azabache y esos ojos verdes, con su metro ochenta de estatura, no me podía negar, claro". 

- "¿Y dices que fue con su madre?"

- "Sí, era ella sin duda, se parecían mucho, aunque la madre ya tenía que tener los cincuenta pasados, pero muy guapa todavía. Esa belleza madura que tanto nos gusta a algunos hombres, al menos".

- "Bueno, sí consigues recordar su nombre, me lo dices por favor".

- "Descuida, llamaré a la agencia que me la envió".

- "Muchas gracias".

 Cuelgo con un poco de desazón ¡Pues no va a ser tan fácil como yo pensaba!. Espero que me avise pronto para darme noticias. Aprovecho para llamar a Pep, porque no quiero que se piense que me olvido de su encargo, me pareció ver que era un asunto importante para él y no me gustaría dejarle en la estacada.

Mientras continúo con mi trabajo, echo una ojeada a la revista de viajes que tengo sobre mi mesa; me he llevado una buena gratificación con la exclusiva de la boda de Mariló y Edu y unas merecidas vacaciones, así que he invertido mi dinero en un crucero por todo lo alto para este verano.

Los ojos se me van a la revista ¡qué maravilla!, me imagino tumbada sobre la cubierta, leyendo un libro y tomando un refresco, mientras se oye el sonido del mar quebrado por el barco; en fin, tengo que concentrarme porque mi jefe me va a llamar la atención si me ve tan despistada.

Esta semana tengo otra presentación; de cara al verano, las casas se mueven mucho con las colecciones de ropa, y lo que todo eso conlleva: pareos, collares, pulseras, sandalias, tobilleras, bolsos... parece que, cuando menos ropa nos ponemos las mujeres, más artilugios llevamos, y es que el verano y el calor invitan a los complementos, porque con el cuerpo moreno, todo favorece mucho más.

 Suena el teléfono, es Alfonso, no pensé que me fuera a llamar con tanta rapidez. La modelo se llama Daniela y es brasileña, su madre, Titi Faus, era una conocida modelo que vino a España hace más de veinte años y se hizo un nombre en el mundo de las pasarelas, era una mulata despampanante, con un cuerpo de locura, pero desapareció de la noche a la mañana y nunca se volvió a saber de ella.

Toda esta información me la da Alfonso, prometiendo llamarme cuando tenga más datos. Enseguida telefoneo a Pep para contarle todo lo que sé, quedamos a comer ese día en un restaurante cercano a mi trabajo; como siempre, es puntual, por lo que no tengo que comer rápidamente para volver a la revista a tiempo.

Me agradece todo lo que le cuento, aunque ya se imaginaba que la modelo era hija de Titi Faus; le hago preguntas para que me cuente esa historia; aunque al principio es un poco reacio, al final acaba cediendo.

- "Ocurrió hace muchoss añoss querida y cassi ni me acuerdo. Fue una hisstoria bonita, pero trisste; por aquella época yo era un auténtico dandi, ssiempre impecablemente vestido".

- "Como ahora", añado

- "Ssí, como ahora, pero con menoss arrugass en la cara, era un figurín. Mi mamá me llevaba a fiestass de renombre y, en una de ellass conocí a una jovencíssima e incipiente modelo, Titi Faus. Todavía no había dessfilado en muchass passarelass, pero ssu altura, cassi un metro ochenta, que en aquella época era una barbaridad y ssuss medidass, le auguraban un gran porvenir".

- "¿Te enamoraste de ella?"

- "¡Qué cossass tieness! Yo hice de carabina. En la fiessta esstaba mi amigo Adolfito, el hijo de los marquessess de Soto Voce, que se enamoró perdidamente de ella, pero como suss papáss ya tenían concertado el matrimonio con la hija de loss marquessess de lass Marissmass, esstaba mal vissto que ssaliera con ella assí que era yo quien, oficialmente, lo hacía, poco nos importaba la diferencia de edad,."

- "Fuiste muy buen amigo, Pep".

- "Bueno, tengo que reconocer que lo hice también por mí. En aquella época no era como ahora; la ssociedad, y ssobre todo, la alta ssociedad, no podía permitir mi inclinación ssexual, assí que yo necessitaba parecer como loss demáss. Todavía recuerdo la ilussión que tenía mi madre cuando me veía con essa mulata; pressumía ante lass vecinass.  ¿Veiss como mi hijo ess un hombre de verdad? less decía, aunque a ellass no lass podía engañar".

Veo su cara de tristeza y me entristezco yo también pensando en lo terrible que tuvo que ser para él vivir en aquellos tiempos, con esa mentalidad.

- "¿Y que pasó al final?"

- "Puess, como todass lass farsass, acabó mal, pero dissfruté mucho mientrass duró".

Cuando vuelvo al trabajo sigo recordando la historia que me acaba de contar Pep, pobre Titi Faus y pobre Adolfito, una relación frustrada por culpa del qué dirán. Al final, ella tuvo que marcharse de España, y él se casó con quien no quería. Por cierto, su amigo está  ahora separado de la hija de los marqueses de las Marismas y vive con una colombiana (o dos, pero eso no está muy claro). En fin, a veces los padres se encargan de fastidiar la vida a los hijos y, a veces, los hijos no saben enfrentarse a tiempo a sus padres.

Por un momento, esta historia me hace olvidar la cercanía de mis vacaciones y me da una idea para un reportaje. Manos a la obra, objetivo: indagar en la vida de Titi Faus. Intentaré hacerle una entrevista, y un gran despliegue de fotos para ella y su hija. Antes de hablarle de mi idea a Sasha, voy a localizarla, no vaya a ser que se niegue en redondo; aunque soy dura de pelar y no admito un no por respuesta tan fácilmente.

- "¿Alfonso? ¿has descubierto algo sobre Titi Faus?, es que me gustaría hacer un reportaje sobre ella".

- "Esta mañana me han dado una dirección y un teléfono donde localizarla".

- "Muchas gracias, te debo una".

Cuelgo entusiasmada, me seduce la idea de hacer un reportaje sobre ella. Busco en internet alguna foto suya de cuando era una modelo famosa, aunque no hay gran cosa porque en aquella época no había tantos paparazzi como ahora, además, según parece, ella fue muy discreta.

Antes de llamarla por teléfono, le cuento a Pep mi idea, menos mal que se compromete a ayudarme, así me será más fácil entrevistarla.

Me contesta al teléfono una voz masculina; aunque Titi Faus no se puede poner en ese momento, me asegura que me devolverá la llamada en cuanto pueda. Pienso para mis adentros que, aunque no quería molestarle, al final, Pep tendrá  que echarme una mano. No obstante, tras la primera negativa, todavía estoy preparada para una segunda, por lo que me acerco a la dirección que me facilitó Alfonso.

Se encuentra en las afueras, en una lujosa urbanización con piscina; afortunadamente, no hay una gran valla, por lo que es fácil vislumbrar el interior de la parcela: una gran casa en el centro de un jardín lleno de rosas, buganvillas, petunias... el colorido es maravilloso. Como tampoco se ven guardas de seguridad, puedo ojear sin problemas. Saltar la valla me parece un poco fuerte, además, aunque la altura no es considerable, no estoy ya para esos trotes, así que decido llamar al timbre, poco aventurero, pero práctico.

Contesta la misma voz masculina de antes, su secretario personal, que, contra todo pronóstico, no pone muchos problemas en abrir la puerta.

La senda que dirige a la casa está empedrada, alrededor hay césped bien cuidado. Mientras me acerco, veo que una cortina se mueve despacio, alguien observa mis pasos tras ella.

Una sirvienta abre la puerta, por el acento, parece brasileña. Me trata de una forma cariñosa, indicándome que me dirija a una salita de estar, toda blanca, con muebles en color blanco y un sofá marfil en el centro, me invita a sentarme y se vuelve tras sus pasos.

A los pocos minutos, una preciosa mujer, con una larga túnica blanca, que deja entrever su cuerpo bien torneado y tostado, se acerca a mí. En sus brazos tintinean coloridas pulseras, que hacen juego con varios collares. Lleva el pelo recogido en un moño que deja ver un cuello ligeramente ajado por los años.

- "¡Cuánto gusto en conoserte mi niña!" me dice con un acento brasileño, tan cantarín.

- "Es un placer, señora, le agradezco mucho que me dé la oportunidad de hablar con usted"

- "Las amigas de Pep son mis amigas siempre".

En ese instante caigo en la cuenta. Evidentemente, no me han dejado pasar por mi cara bonita sino porque Pep la ha llamado para decirle que la quería entrevistar. Sonrío pensando en que no sé cómo voy a hacer para pagarle tantos favores como le debo.

- "Pero no te quedes de pie, siéntate y charlemos; tu mundo me gusta mucho y quiero que me hables de él".

Está deseosa de que le cuente cómo es mi trabajo, pero yo no quiero hablar de mí, sino de ella, así que procuro desviar un poco la conversación sin que se note, para no parecer maleducada.

Al cabo de media hora más o menos, llaman a la puerta, es Daniela, que se presenta en la sala para saludar a su madre. Al verme, me dirige una mirada de desconfianza.

- "Es amiga de Pep, te he hablado muchas veces de él".

Me saluda con poco interés y sale de la habitación enseguida. Aunque es tan hermosa como su madre, me da la sensación de que es menos elegante que ella, se la ve con menos, cómo lo diría yo, clase quizá sea la palabra.

- "Ya sabes cómo son las jóvenes de ahora, llevan ropa agujereada y remendada, cualquiera diría lo carísima que es. Recuerdo que en mi niñez yo sí llevaba ropa remendada, pero porque en casa mi mamá no tenía dinero para vestirme y le daba la vuelta a lo que se me quedaba viejo. Cosía para una familia de dinero en Brasil y aprovechaba los retales que ellos no querían para haserme presiosos vestidos. Con uno de ellos me di a conoser aquí en España, ¡pero ha pasado tanto tiempo de eso!"

No quiero parecer grosera, pero tengo curiosidad por saber porqué quiere que su hija trabaje en España, al final se lo pregunto directamente.

- "Porque mi país es maravilloso, pero también tiene sus riesgos. Me voy a sinserar contigo aunque no te conosco apenas, pero pareses buena persona y me transmites confiansa. No quiero que mi hija acabe como otras amigas suyas; las malas amistades pueden destrosar muchas vidas y mi hija se estaba introdusiendo en un grupo que no me gustaba nada, así que he preferido traerla aquí, donde tiene sus raíses".

Eso de las raíces no lo tengo muy claro, pero me da reparo indagar más; prefiero dejarlo para otro momento.

Se anima mucho cuando le digo que me gustaría hacer un gran reportaje, con fotos de ella y su hija posando en algún rincón de la casa y del jardín; a ella le parece una idea maravillosa.

- "Todo lo que sea benefisioso para que mi niña sea conosida me parese estupendo" me contesta con entusiasmo, "pero no quiero nada de mi vida privada, hay siertos aspestos que prefiero olvidar".

- "Por supuesto, Titi, yo te haré preguntas sobre tu trabajo en España, para darte a conocer a ti también al público, me parece que has tenido una vida muy interesante y apasionada, pero llegaremos hasta donde tú quieras. Pep te puede decir que yo soy una periodista profesional, no me gustan los sensacionalismos baratos, tan de moda en nuestro tiempo".

 

Quedo encantada con nuestra charla. Hemos decidido vernos dentro de dos días para preparar la sesión fotográfica en su jardín porque Daniela tiene un casting mañana y no puede faltar.

Antes de volver a casa, me paso por la revista para contarle mi reunión a Sasha.

- "¡Qué bueno que apareces por la revista! Pensé que ya te habías tomado las vacaciones", me dice con sorna.

- "¡Qué gracioso! No te había querido decir nada por si mis planes fallaban, pero tengo una entrevista en páginas centrales para pasado mañana: Titi Faus!"

- "¿Y quién carajo es ésa?" resulta gracioso escucharle con su acento ucraniano decir  tacos.

- "Sí, no te culpo porque yo tampoco la conocía, pero te estoy hablando de una de las más conocidas modelos que trabajó en España hace unos años. Un bellezón brasileño, lo mismo que su hija".

- "¿Brasileñas?, interesante. Acortaré otro reportaje que tenía preparado; el verano da mucho de sí y tenemos varios posados importantes".

- "¡¡Llévate a Marisa para las fotos!!" oigo que me grita cuando me alejo por el pasillo.

 Cuando llego a casa llamo a Pep para contarle cómo ha sido nuestra conversación y agradecerle su ayuda.

 - "Titi me lo ha contado todo, querida. Esstá entussiassmada con tu idea porque pienssa que puede sser una buena publicidad para la carrera de ssu hija".

- "No quiere que tratemos temas personales, supongo que no querrá hablar de su relación con Adolfo".

- "Ahora que lo mencionass, tengo que llamarle para darle la noticia; esstoy sseguro de que le alegrará ssaber que Titi esstá bien, ahora que creo que ha roto con la última colombiana o peruana o qué sé yo".

- "No seas celestino, Pep".

- "¡Qué cossass tieness, niña!".

Como estamos hablando por teléfono, no puedo ver cómo sonríe maliciosamente mientras cuelga el auricular.

 El día de la entrevista estoy nerviosa, quiero que todo salga perfecto porque aprecio a Titi y me gustaría ayudarla en todo lo que pueda. Como siempre, mi compañera Marisa ha inventado una excusa para no llevar el coche. Cada vez son más inverosímiles, pero, como es una buena fotógrafa, no pongo nunca pegas cuando se viene conmigo.

Titi nos está esperando en el interior de la casa, elegantemente vestida, con unos pantalones blancos ajustados y una blusa violeta; mientras hablo con ella, Marisa aprovecha para merodear, buscando un buen plano: es una fisgona nata, por lo que disfruta abriendo puertas y descubriendo rincones.

En ese momento, Daniela entra con sus raídos vaqueros. Titi se levanta con un respingo y le dirige unas palabras en portugués, que no entiendo, pero supongo que se refiere a su atuendo, Daniela sale refunfuñando de la habitación.

Decidimos hacer primero las fotografías aprovechando la luz del día, ya que podemos hacer la entrevista en cualquier momento.

Siempre me he encargado del estilismo en mis reportajes, así que le pido permiso a Titi para revisar el vestuario; me conduce a un cuarto donde está toda la ropa perfectamente guardada en plásticos, colgada en unas barras diseminadas por la habitación, como si de una tienda de moda se tratara. Hay mucho dinero invertido en ese ropero.

 Cuando decidimos los trajes adecuados para conjuntar a madre e hija en cada foto, buscamos a Marisa para empezar la sesión.

Todo sale a pedir de boca, la fotogenia y elegancia que tienen las dos es impresionante, le auguro una exitosa carrera a Daniela.

A la hora de la entrevista, la cosa cambia. Daniela no tiene ningún interés en hablar, por lo que me centro en la vida de su madre, que, por otra parte, me resulta más interesante que la de una pobre niña sin otro objetivo en la vida que salir guapa en las fotos.

 - "Muchas gracias por todo, eres un sol" abrazo a Pep, dándole las gracias por haberme ayudado en la entrevista.

- "Ha ssido un placer, nena; pero te necessito para mi plan".

Miro a Pep de soslayo, mientras apuro mi granizado de limón. Estamos los dos sentados en una avenida, rodeados de palmeras.

- "¿Qué tramas?, no puede ser nada bueno cuando me miras con esos ojos pícaros".

- "Volver las cosssas a ssu sitio".

-"¿Qué?"

- "Puess esso, volver lass cossass a como tenían que haber ssido hace muchoss añoss, ssin impedimentoss familiaress, atadurass ssocialess, ssin el qué dirán ni nada parecido".

- "Toujours l'amour".

- "Ya me conocess, el amor ssiempre ess lo primero".

- "Bien, ¿y me puedes contar de qué se trata?"-

- "Ess que no te conté por completo la historia de Adolfito y Titi; entiéndeme, por disscreción no te pusse al corriente de todoss loss detalless, pero ahora que quiero que me ayudess te merecess conocerlo todo". 

 En casa, mientras ceno, rememoro todo lo que me ha relatado Pep, un auténtico folletín de la época. Resulta que la familia de Adolfito, como él dice, aunque el tal Adolfito tiene más de cincuenta años, se opuso a la relación de su hijo con Titi Faus porque ella era hija de madre soltera y en aquella época estaba muy mal visto. Según se contaba, la madre había sido violada por el hijo mayor de la casa en la que trabajaba como costurera en Brasil, pero todo se tapó con dinero. La enviaron a otra ciudad a trabajar, con una familia también millonaria, pero sin hijos, y allí fue donde nació una hermosa niña. El padre de Titi la estuvo manteniendo hasta que se murió de sífilis, a partir de ese momento, los abuelos ya no quisieron saber nada de ella. La madre decidió venir a España con su hija, que era una auténtica preciosidad, para probar fortuna como modelo; no les resultó difícil introducirse en la sociedad ya que eran años duros en España, donde no todo el mundo tenía coche ni había viajado por el extranjero, y ellas traían dólares americanos, con los que se permitieron pequeños lujos para aquellos tiempos, hospedándose en buenos hoteles y codeándose con la créme de la créme, que les abrió sus puertas sin ningún reparo, siendo invitadas a las mejores fiestas. En una de ellas, aparecieron Pep y Adolfo.

Desde el primer momento, Adolfo se fijó en la niña, a pesar de que sus padres ya le habían preparado el matrimonio con Nela, hija de los marqueses de las Marismas, de los que eran íntimos.

Adolfito veía a la hija de los marqueses como de la familia, más que como una mujer de la que enamorarse, ya que se conocían desde pequeños. En alguna ocasión le había confesado a Pep que casarse con ella era como cometer incesto, pero los padres estaban encantados con esa relación, que no podía salir bien.

 Cuando se descubrió la procedencia de Titi, el escándalo fue morrocotudo y las puertas de la sociedad se les cerraron, sólo Adolfo siguió frecuentándolas a escondidas. Pero un buen día, madre e hija desaparecieron y Adolfo no volvió a saber nada de ellas, a pesar de que contrató detectives, buscándola por medio mundo. Finalmente, no pudo ir contra la voluntad de sus padres y acabó casándose con Nela,

Titi está sola en su casa, Daniela ha salido con unos amigos a cenar. En su soledad, recuerda tiempos pasados. Su mente vuela hasta la España de la sociedad y las fiestas, y se detiene en dos mujeres que hacen rápidamente las maletas en el Palace y piden un taxi para ir al aeropuerto.

Es fácil no ser encontrada cuando una se esconde bien. Eso pensaba Titi de camino al aeropuerto, cuando se marchó sin dar explicaciones.

Su infancia no fue muy alegre, siempre con el estigma de la soltería de su madre, por lo que no quiso que su hija viviera con el mismo pesar. En cuanto descubrió su embarazo, hicieron las maletas y madre e hija volvieron a Brasil, donde era fácil perderse...

Por la mañana, estoy eufórica: el reportaje ha salido a pedir, de boca. Titi es una gran conversadora y, aunque apenas hemos profundizado en su vida personal, sus relatos de aquella época me han resultado apasionantes. Unas pinceladas para centrar la época y ya está listo para ser impreso. Mientras revisamos las fotos, Sasha hace comentarios sobre la fotogenia de ambas, augurándole un gran futuro a Daniela como modelo. De casta le viene al galgo (realmente, esa expresión no la dice él, pero es la que más se parece a su comentario en ucraniano).

Recibo la llamada de Pep, está rebosante de felicidad. Le envió por mensajero un ejemplar de la revista a su amigo Adolfo y ya han quedado para verse. Quiere que yo vaya al mismo restaurante que ellos con Titi, para que puedan coincidir allí ambos. Realmente, Pep es un auténtico casamentero. Espero que Titi no se moleste por toda esta patraña que vamos a montar, es una mujer muy educada y no me gustaría que se sintiera ofendida.

 El día de la comida, estoy nerviosa. Busco en mi armario una falda corta azul claro y un blusón blanco. Como en verano todo se permite, aprovecho para ponerme unas alpargatas también azul cielo, para ir más cómoda y así poder evitar el suplicio de los tacones.

El restaurante es bonito, de estilo antiguo, con grandes arañas en los techos, manteles de color granate, cristalería fina y mesas separadas por pequeños biombos.

Cuando entro, el maître se dirige a mí para preguntarme sobre mi reserva; en unos segundos comprueba su gran cuaderno y me conduce a mi mesa, al pasar por la de Pep, me guiña un ojo. Sigo andando hasta mi mesa que, casualmente, está situada un poco detrás de la de ellos, aunque, tratándose de Pep, yo no creo en las casualidades. Adolfo está justamente enfrente de mí, de espaldas a la entrada. Le miro con disimulo, se le notan las arrugas y las canas, más que a Pep, aunque tienen la misma edad, pero es que mi amigo siempre ha sido muy coqueto. Cuando me acomodo de cara a la puerta, veo que Titi está en el vestíbulo mirando al fondo, así que levanto la mano para llamar su atención, me hace una seña con la cabeza, indicando que me ha visto y avanza hacia mí; cuando pasa al lado de la mesa de Pep, éste se agacha como si fuera a recoger algo del suelo y Adolfo que se encuentra de espaldas no se percata de su presencia.

- "¿Qué tal Titi?" me levanto para darle dos besos, "te agradezco mucho que hayas aceptado mi invitación".

- "Ha sido un auténtico plaser resibir tu llamada, mi niña".

En ese momento, veo que el fornido cuerpo de Adolfo da un respingo, levantándose de la silla: ha reconocido esa voz tan familiar en otra época. Se dirige a nuestra mesa con paso nervioso, mientras ambas nos acomodamos.

- "¡Mi querida Titi, no has cambiado nada!"

Ella vuelve la vista hacia arriba, mirando extrañada al caballero, un tanto calvo, con el pelo semiblanco y entrado en carnes; tras unos segundos, reacciona.

- "Adolfo, qué sorpresa. Te hasía veraneando con tu mujer".

Pep se levanta también de su silla, dirigiéndose hacia nosotros; un tanto histriónico, expresa su alegría por el reencuentro con Titi; yo me hago la encontradiza con Pep para que ella no sospeche nada.

Al final, decidimos sentarnos todos juntos a comer, puesto que los caballeros también acaban de llegar y no han tenido todavía ocasión de elegir la comida. Los camareros preparan nuestra mesa para los cuatro. La charla es distendida, con anécdotas de viejos tiempos, risas y alguna que otra picardía.

Con el café y la copa viene la añoranza; Adolfo se ha pedido un coñac que ha apurado en pocos minutos y ya está acabando el segundo. Inesperadamente, se pone a sollozar. Es lo que tiene el alcohol, que desencadena los sentimientos ocultos y que tanto tiempo se escondieron, quizá para que no hicieran daño.

Se escuchan sus reproches hacia Titi, la situación se está volviendo realmente incómoda, pero Pep interviene intentando mediar.

- "Vamoss, Adolfo, todo aquello passó. Éramoss jóveness y eran otross tiemposs".

- "Pero yo te quería Titi" insiste nuevamente Adolfo "y desapareciste sin dejar huella".

- "Poco te importó que desaparesiera, mi niño" dice ella con un poco de amargura.

- "Te busqué, pero fui un cobarde, no me atreví a romper con mi familia".

Titi mira hacia el mantel, dibujando con su dedo círculos.

- "No lo sabía" susurra.

Pep intercede:

- "Ssí, esso ess verdad, yo fui tesstigo. Pagamoss entre loss doss a un detective que no era muy bueno, porque por aquel entoncess no teníamoss mucho dinero, para que te busscara, pero creo que noss engañó y nunca hizo nada por encontrarte".

Titi mira con ojos de asombro a Adolfo.

- "Aunque hubiera sido bueno, nunca me habría encontrado, me escondí bien".

- "Pero, ¿por qué? ¡Yo te quería tanto!".

- "Bueno, no exageres, yo era un juguete para ti y tus amigos de la alta sosiedad;  y no quería acabar como mi madre. Esa historia ya la viví una vez, mi infansia no fue felis y no quería lo mismo para mi hija".

Adolfo mira a Pep con extrañeza y piensa en la edad de Daniela.

- "¿Cuántos años tiene Daniela?" pregunta como con miedo.

- "Más de los que parese. Mi hija lleva ya años siendo una modelo en Brasil, la idea de venir a España fue suya, quería darse a conoser en Europa y pensó que España podía ser un buen trampolín, sobre todo porque yo ya había trabajado aquí. A mí no me paresió buena idea porque no quería regresar a este país y encontrarme con mis amargos recuerdos, pero no me opuse porque mi niña nesesitaba un cambio radical; las compañías con las que se estaba juntando no eran nada buenas y cualquier sitio me paresía bien con tal de alejarnos de todo aquello".

La mente de Adolfo está al rojo vivo echando cuentas de los años que hace que estuvieron juntos.

- "Assí que ya esstabass embarazada cuando llegasste a Brassil" asevera Pep.

- "Sí, pero fue diferente. Todo el mundo pensó que mi marido español había fallesido, por lo que no tuve que dar  muchas explicasiones. Entre la ayuda de mi mamá y el dinero que había ganado en España, compramos una hasienda en la que vivimos felismente".

- "¿Y nunca sentiste remordimientos por haberme dejado? ¿nunca me echaste de menos?", pregunta con amargura Adolfo.

- "Siempre. Pero tenía claras dos cosas: no quería que renunsiaras a tu brillante carrera en el banco por mí, ni quería ser mirada como una cualquiera por tu sosiedad y tus amigos. Ya me rechasaron cuando se enteraron de mis orígenes y no quería ver en sus caras esos reproches. Al prinsipio, fue duro tomar la desisión, escapar como dos ladronas en la noche hasia el aeropuerto, pero mi mamá me convensió de que regresar a Brasil era lo mejor para las dos y sé que fue asertado".

Se está haciendo tarde, por el rabillo del ojo veo que los camareros nos miran con cara de pocos amigos ya que somos los últimos, no queda nadie más en el restaurante. Adolfo paga la factura y nos propone ir a su casa a tomar una penúltima copa, pero yo ya estoy bastante saturada, Pep, tampoco tiene ganas de continuar con la velada, así que vemos cómo Adolfo y Titi se alejan como tortolitos al aparcamiento para recoger el coche de Adolfo.

- "Dejémosles solos porque tienen mucho de qué hablar".

- "Toujours l'amour", le digo a Pep, que me sonríe guiñando un ojo. 

MARILÓ

 Llueve, ¡Qué fastidio! Apenas acaba de empezar la primavera y, para celebrarlo, estaba prevista la presentación de una famosísima colonia juvenil; por supuesto, estoy invitada aunque se me han ido por completo las ganas que tenía de acudir porque lo que prometía ser el fiestón de la primavera, al aire libre, en uno de los mejores antros de la noche, va a estar pasado por agua.

¡Qué fastidio!. Me viene a la cabeza la canción de Serrat "llueve y llueve, detrás de los cristales..."

Suena el teléfono, doy un respingo pensando que, con un poco de suerte me comunican que la fiesta se ha suspendido.

- "¿Esstáss bien, cielo?"

Es Pep, con su voz inconfundible.

- "Sí, claro, ¿por qué lo preguntas?

- Porque parecess dormida y van a sser lass nueve. ¿Recuerdass que tenemoss que ir a la pressentación de L'eau de minuit?.

- Pues no se me ha olvidado, pero esperaba que me llamaras para decirme que se había suspendido.

- No sseass boba, pero ssi esstá invitada la flor y nata de la ssociedad, por nada del mundo me la perdería. Por cierto, quería pedirte un favor, ssé que ess una faena, pero sse me ha esstropeado el  coche, ¿podríass venir a recogerme?

- Por supuesto, Pep, no te preocupes, a las ocho estaré en tu casa como un clavo".

 Cuando cuelgo, me pongo a pensar en el flamante deportivo de Pep, y en el precio de las reparaciones; qué afortunada soy por ser una pobretona y tener mi forito que no me falla nunca.

Me dirijo al armario para prepararme sobre la cama la ropa que voy a llevar, porque con la lluvia se me van a mojar los pantalones de terciopelo verde botella que había  pensado ponerme, como decía, ¡qué fastidio!

Siempre he oído que las mujeres elegantes son capaces de andar bajo la lluvia sin salpicarse los pantalones, pero nunca he llegado a esa perfección, así que prefiero ponerme unas botas altas, que en un momento dado puedo limpiar discretamente con un pañuelo de papel en el baño; decidido, después de darme una ducha y de maquillarme un poco, me pongo un vestido corto y estrecho de color berenjena, que me sienta muy bien, y unas botas de caña negras con tacón alto; me llevo una chaqueta corta negra porque hace fresco. ¡A por Pep!

 - "El coche está limpio, así que no te quejes.

- Oh, querida, desspuéss de que te molesstass en venir a recogerme, no me quejaré. Ya sabess que Paul no ess muy amigo de esstass celebracioness y, como ssabía que tú iríass prefería pedírtelo a ti.

- No es ninguna molestia. ¿Sabes si asistirá la hija de los marqueses de La Vila? Estoy muy interesada en hacerle una entrevista después de los rumores de su posible boda."

Miro de reojo la sonrisilla de Pep, él siempre está enterado de todo lo que se cuece en el mundillo de la alta sociedad, pero es lo suficientemente discreto como para que no trascienda, por su boca, al menos, porque hay mucho espontáneo siempre dispuesto a cobrar unos euros por alguna exclusiva, veraz o no.

- "¿Boda, qué boda?

- Vamos, no me hagas creer que no sabes nada, porque seguro que eres el primer enterado, siendo íntimo de sus padres.

- ¡Uy niña, loss padress muchass vecess sson loss últimoss en enterarsse de esstass cossass.

- Pero no es éste el caso, ¿verdad?

- No me tiress de la lengua, que sabess que no me gussta traicionar a miss amigoss.

- Lo sé, Pep, por eso te aprecio tanto."

 Estamos llegando al club. El club es "el club"; hay muchos clubes, de muchas clases: de tenis, de golf, de militares retirados, pero cualquier niño bien que se precie que diga que va al club, ineludiblemente viene aquí.

Es un local que se puso de moda hace dos o tres años, renaciendo de una antigua discoteca abierta hace mucho tiempo en las afueras de la ciudad, pero que decayó a los pocos meses de su inauguración; caprichos de la gente, porque con los otros dueños apenas venía nadie, sin embargo, desde que una famosa cadena de discotecas se hizo cargo, empezó a subir como la espuma y no se es nadie si no se ha venido aquí, al menos una vez.

Ha dejado de llover, pero no apetece estar al aire libre. En la entrada, una gran valla negra adornada con arizónicas circunda la discoteca; los aparcacoches están en la puerta esperando que les entregue las llaves para estacionar mi coche. ¡Qué comodidad! Es cara la entrada, muy cara, pero tienen un maravilloso servicio que hace que te despreocupes de buscar un sitio y, como siempre vengo por motivos profesionales, no tengo que pagar nada; como una gran señora me siento entregando mis llaves al aparcacoches. Por supuesto, Pep se encarga de la propina, porque sabe que es un tema que siempre me ha resultado un tanto delicado, nunca sé cuánto es suficiente, no quiero parecer una tacaña ni tampoco una manirrota.

 En la entrada de la discoteca las medidas de seguridad son más rigurosas, los aparcacoches parecen liliputienses al lado de estos gorilas, afortunadamente nuestras acreditaciones nos abren todas las puertas; la discoteca parece inmensa, estoy acostumbrada a verla en semipenumbra, con luces de neón de colorines y hoy tiene unos majestuosos focos que permiten ver cualquier rincón perfectamente, además, en lugar de la atronadora música que normalmente suena, hoy se escucha a Vivaldi, lo que hace que sienta una gran paz en mi interior. La gente está situada entre el piso de arriba y la planta baja, formando corros, mientras que en el centro de la pista principal han situado una mesa con numerosas cajas de la colonia que van a presentar, como si fuera una pirámide que resulta muy relajante, ya que tienen un color que simula la arena del desierto, con ondulaciones que imitan las dunas. En el ambiente se respira una fragancia muy delicada, imagino que será de la nueva colonia que espero no sea demasiado cara para poder comprarme.

- "A ver si con un poco de suerte, me regalan varias muestras" pienso.

Cuando nos acercamos a saludar a los anfitriones, se hace un silencio sepulcral porque las luces se apagan repentinamente, por suerte, mis reflejos no me fallan lo que me permite sujetarme a Pep rápidamente, porque no me ha dado tiempo a ver un escalón y estoy a punto de dar un traspiés.

Mientras suena música de fanfarria, un gran foco desde el techo ilumina a una modelo disfrazada de egipcia que lleva en sus manos un frasco king size de colonia.

- "Eso será de pega, ¿verdad?" le comento a Pep en el oído, ya que, por el tamaño, debe de pesar un quintal.

- "Chssss" me contesta Pep, que no se pierde un detalle; si no fuera porque sé que no le atraen las mujeres, diría que le gusta la modelo, monísima, eso sí.

Tras la modelo, aparece Cuca, otra de las grandes próceres de nuestra vida social, hija de un militar retirado y de una marquesa, que suele ejercer de madrina en este tipo de eventos, ya que no se le conoce otra ocupación.

Micrófono en mano, Cuca hace la presentación oficial de la nueva fragancia, acercándose a la modelo, quien continúa con el frasco king size entre las manos, decididamente, es un frasco de pega, porque no creo que una grácil modelo como ella tenga tanta fuerza como para sujetar algo tan pesado.

Me sorprende ver que Pep continúa revisando a la modelo, algo inusual en él.

- "¿Te ocurre algo?" le pregunto mosqueada.

- "Luego te cuento", me contesta a voz en grito, ya que ha terminado el silencio sepulcral y la habitual música discotequera empieza a bombardearnos los oídos.

Esperaré a llevarle en el coche a su casa para que me explique.

Mientras que la gente se abalanza sobre los canapés, que acaban de aparecer en un segundo plano tras las cortinas (hábilmente, los organizadores no los han sacado antes para no desviar la atención del perfume), echo una ojeada para ver si encuentro a alguien de interés al que poder entrevistar, que al fin y al cabo, para eso me pagan y me invitan a estas fiestas de alto copete, para después enumerar las grandes personalidades que han acudido al evento, cuantas más personalidades, personajes o personajillos, mejor para el organizador, porque muestra su gran poder de convocatoria, y le volverán a contratar para otra ocasión.

Me parece vislumbrar a la hija de los marqueses de La Vila, así que me encamino hacia ella; aunque la veo rodeada de muchos moscones, micrófono en mano, no me importa, porque suelo conseguir que la gente hable conmigo con confianza, no en vano, saben que no me dedico a degollar a mis entrevistados y guardo muchos secretos que nunca saldrán a la luz, nobleza obliga.

Nuevamente, se hace un silencio sepulcral, momento que aprovecho para hablar con Mariló, ya que la gente la ha dejado sola, mirando nuevamente hacia el escenario. Sé que me va a costar trabajo encontrar otro momento para que nos dejen hablar, así que prefiero entrevistarla a ver qué está pasando ahora. De fondo, se oye la voz de Cuca agradeciendo a la discoteca su colaboración.

Cuando me voy a presentar, Mariló me dice que ya me conoce porque ha oído a Pep hablar muy bien de mí, eso hace que se muestre bastante afable conmigo, por lo que no tiene ningún inconveniente en responder a mis preguntas y, sí, sí piensa casarse, pero todavía no tiene fijada fecha de boda, aunque no es con quien todos piensan, lo que me deja boquiabierta; como no consigo que me cuente nada más, desisto de mi intención, sé que por Pep tampoco lo voy a conseguir, pero mi paciencia es muy grande y procuro no desesperarme.

La música atronadora ha vuelto a sonar y los moscones rodean nuevamente a Mariló, por lo que me marcho hacia la pista, donde veo a más gente a la que puedo entrevistar.

 Después de estar bailando un rato, noto cómo las botas me molestan un poco, por lo que me dirijo al baño para ver si quitándomelas me alivian el dolor. Cuando paso por delante de uno de los reservados, veo que Mariló sale llorando de él, pasa por delante de mí sin reconocerme; como curiosa que soy, echo una ojeada al interior, ya que la cortina se ha quedado entreabierta, en un rincón, se ve a Fredy, un conocido de la noche, sin oficio ni beneficio, tirado sobre una butaca, se le ve bastante bebido.

Si antes me quedé boquiabierta cuando Mariló me dijo que no se iba a casar con quien todos pensaban, más boquiabierta me quedo viendo al figura con el que estaba hablando.

Cuando entro en el baño, apenas hay gente en su interior: dos niñas jovencitas retocándose el maquillaje y alguien sollozando en uno de los servicios. Suena un móvil y la persona que hasta hace unos segundos estaba en el retrete sollozando, contesta; es la voz de Mariló.

- "Sí" se le oye decir "el muy cabrón me acaba de decir que se lo ha pensado mejor y que no quiere saber nada de mí, que se siente muy presionado".

- "Tienes razón, Fredy me ha engañado, sólo me quería para divertirse y para que le abriera algunas puertas".

- "¿Tú crees que Edu querrá hablar conmigo de nuevo?, fui muy dura con él la última vez"

- "Sí, ya lo sé que me quiere, y yo también a él, pero le he hecho muchas y su paciencia tiene un límite ".

- "Tienes razón, en cuanto llegue a casa le llamo. Chaíto"

Aunque he oído la conversación entrecortadamente, es fácil entender su significado.

Cuando Mariló sale del servicio, estamos las dos solas.

- "¿Has escuchado todo?" me pregunta aún con lágrimas en los ojos.

- "Me temo que sí".

- "¿Y qué vas a publicar?".

- "Lo que tú quieras que publique, sabes por Pep que no me gustan los escándalos, y menos iniciarlos yo".

- "Si te doy la exclusiva de mi boda..."

- "Sería maravilloso. Anda, arréglate un poco, que se nota que has estado llorando, otro día me llamas y hablamos con más tranquilidad; primero soluciona lo tuyo con Edu y, si quieres un consejo, aunque me meta donde no me llaman, olvídate de Fredy, no te merece lo más mínimo".

Salgo del baño con una sonrisa de oreja a oreja, sin acordarme de la razón por la que había entrado; las botas ya no me hacen daño, pero estoy cansada, así que busco a Pep para ver si le apetece que nos vayamos. 

- "Esstoy agotado, querida; me voy haciendo viejo".

- "Pues vámonos ya, porque yo ya tengo lo que quería saber y también estoy muy cansada.

- "Ya me contaráss"

- "Ya sabes, es secreto profesional" le guiño un ojo, "pero tú sí tienes que contarme por qué te quedaste tan obnubilado mirando a la modelo egipcia; si no te conociera, pensaría mal" le guiño un ojo nuevamente.

- "Ess que conocí una perssona hace muchoss añoss idéntica a ella".

- "Pues, esa niña no aparentaba más de diecisiete, así que no puede ser la misma."

- "Esse ess el missterio, que dessapareció ssin dejar rasstro cuando esstaba en ssu mejor momento como modelo, todas lass revistas sse la  rifaban y, de la noche a la mañana, sse essfumó".

- "Tendremos que preguntar su nombre a quien la contrató".

- "¿Me haríass esse favor?, no quiero que sse ssepa que esstoy interessado, porque en ssu momento sse habló de que tuvo un affaire conmigo?

- "¿Y fue cierto?"

- "¿Tú qué crees?"

- "Que no, ¿pero cómo fueron capaces de pensar en algo así?"

- "Mi niña, porque eran otross tiemposs y yo no había ssalido del armario todavía, además, a mí me interesaba que assí fuera, por mi reputación".

- "Claro tu virilidad, jajaja".

- "Jajaja".

Cuando le dejo en su casa, todavía me sigo riendo de la ocurrencia. Mi tarea para los próximos días, buscar a la desconocida, promete ser interesante.

 

Sasha

 Estoy un poco aburrida, últimamente no hay ninguna novedad, parece que todo el mundo ha decidido hacer vida ermitaña y no hay muchas fiestas a las que acudir (la crisis está empezando a hacer mella), lo bueno que tiene es que me está permitiendo seguir el régimen que empiezo todas las primaveras y nunca consigo acabar, además, también puedo descansar un poco, tanto ajetreo hace que no duerma bien por las noches, y eso que procuro controlarme para no beber mucho.

Mi jefe, Sasha, lleva unos días un tanto intranquilo, tengo que preguntarle qué le ocurre, porque me llevo bien con él, pero me da un poco de apuro, no vaya a pensar que me quiero inmiscuir en su vida; estos ucranianos son un tanto reservados y no están acostumbrados al carácter español, más abierto; aunque él se está integrando muy bien a la vida española; como muestra, le encanta salir a la calle, claro que no me extraña, con el tiempo tan estupendo que tenemos casi todo el año y en su tierra están casi siempre bajo cero.

Se acerca por el pasillo, va a pasar cerca de mi seudo-despacho, como yo lo llamo, porque no llega a estar cerrado, con mamparas que me dejan una cierta intimidad; me acercaré a saludarle.

"¿Tomamos un café?, te invito" le comento con cara simpática.

Por un momento, su expresión triste cambia y nos bajamos a la cafetería de la esquina, donde ya nos conocen sobradamente, a tomar un café y una tostada (ya empiezo el día saltándome el régimen).

"Últimamente te encuentro un poco triste, ¿puedo ayudarte en algo?" sé que he sido muy directa, pero no me gusta andar con contemplaciones, si le veo triste pues le veo triste y no hay más que hablar.

"¿Se nota mucho?, no pensé que fuera para tanto".

"Hombre, mucho mucho, no se nota, pero ya sabes que soy observadora y me gusta ver el comportamiento de la gente, es la parte que tengo de psicóloga, y a ti te noto un poco raro desde hace unos días"

"Sí, desde que recibí aquella extraña llamada de teléfono".

"¿Todavía no sabes quién te llamó?".

"No, he hablado con la policía, pero no me han dicho nada de momento; por lo visto, están investigando, pero pueden tardar algo de tiempo en descubrir algo".

"Espero al menos que no estés meses triste esperando noticias".

"No te preocupes, sabes que soy una persona de carácter alegre y la tristeza me dura poco".

"Eso espero". 

Ya se me había olvidado nuestra conversación en la cafetería, cuando Sasha entra en mi seudo-despacho, tiene la cara más alegre, lo cual es un placer, porque se agradece verle feliz, retira unas revistas que tengo sobre la mesa y planta su culo en ella (muy mono, por cierto, porque Sasha, a pesar de su cincuentena, se conserva muy bien y más de una suspira por los huesos de este ucraniano alto y de complexión fuerte, con el pelo canoso, pero muy interesante. Tengo que reconocer que yo, al principio de entrar en la revista, también me sentí atraída por él, pero, se me pasó, afortunadamente, porque habría sido una tortura trabajar con alguien que sólo ve en ti una amiga).

Pues bien, una vez sentado en mi mesa, algo que no acostumbra a hacer porque para eso tengo una silla, más o menos cómoda, me suelta a bocajarro:

"Tengo noticias de aquella llamada".

"¡Qué bien, cuánto me alegro!, ¿quién es?".

"Todavía no me lo han dicho", mi cara se descompone por momentos, "pero saben desde dónde se hizo la llamada: fue en esta ciudad"

"Bueno, al menos será más fácil localizar a la persona que te llamó" contesto intentando ser positiva.

"Por supuesto, es una pista. Por cierto, ¿no tienes ninguna presentación el fin de semana?".

"Sí, recuerda que te hablé de que habían contratado a Pitita para ser la nueva cara de esos relojes tan originales que nunca me acuerdo de cómo se llaman".

"¿Esos de colorines, que es imposible saber qué hora marcan?"

"Ja ja ja, sí, pero no vayas diciendo eso por ahí, porque menuda propaganda les haces".

"Si es que es verdad, ¿o me vas a decir que eres capaz de descubrir con ellos la hora que es?".

"No, tienes razón, a mí me enseñó uno Pitita, que lo llevaba en su muñeca, y, por supuesto, era muy fashion, a juego con toda su vestimenta, pero no pude descifrar qué hora tenía. En fin, este sábado hace la presentación en el club de golf, ¿te quieres venir?, pensaba decírselo a mi amigo Pep, pero creo que va a estar fuera el fin de semana".

"Sí me vendría bien, no porque me guste ver a tanto famosillo junto, ya sabes que a mí eso no me va, pero siempre es aconsejable dejarse ver entre esa gente, para que haya más compradores de la revista, además, un cambio de aires me sentará bien, porque llevo mucho tiempo encerrado en mi casa".

"¿Me recoges con el coche, entonces?"

"Claro que sí, el sábado a las siete paso a buscarte".

"¿Tan pronto?, pero si la presentación no es hasta las ocho y media".

"Ya sabes que hay que estar bien situado para cuando vaya llegando la gente, que hay mucha competencia".

"Sí, pero yo tengo reservado mi sitio especial", le enseño dos pases Vips con cara de niña mala.

"¿Cómo los has conseguido?".

"Ya sabes, mis contactos, para eso me pagas, para tener gente que se acuerde de mí en estos casos tan señalados".

"Eres un sol; de todas formas, no nos vendrá mal llegar un poco antes, a las siete y media estoy en tu casa".

"De acuerdo, allí nos vemos", se levanta de mi mesa y no puedo evitar mirarle por detrás, tiene buen cuerpo, sí.

 Cuando llega el fin de semana, otra vez el suplicio de pensar lo que me pongo, con tanta celebrity tengo que vestir a tono; apuntaré en mi agenda: recordar a Sasha que me aumente el sueldo si quiere que vaya mona y a la última a las presentaciones.

Abro el armario, distribuido en dos, la ropa de todos los días y la más elegante; y paso directamente a ver la elegante. El tiempo es un tanto extraño, estamos en primavera y lo mismo hace un día precioso, que se levanta el aire y se pone a llover, así que me llevaré manga larga para no pasar frío, porque en el campo de golf siempre refresca por la noche.

Afortunadamente, cuando viene Sasha, ya estoy vestida, no me gusta hacer esperar y él, como buen ucraniano, no está acostumbrado a la impuntualidad española, al menos tenemos una cosa en común. Al final he decidido ponerme un vestido largo que llega casi hasta los pies, de color fucsia, con una chaqueta muy corta y unas sandalias de tacón alto, azul marino, haciendo juego con la chaqueta.

 En el campo de golf ya se ha reunido bastante gente, veo a Pitita con su madre y su hermana Mara: Pitita, muy fashion, como es habitual en ella, Mara con su aire desaliñado, como también es habitual y su madre, muy estirada, con traje de chaqueta estilo Chanel y su bolso de Loewe, también en su línea. La gente se arremolina en torno a ella, pero yo prefiero ir con Sasha al sitio que tenemos reservado, ya que, como ya me lo conozco, Pitita se encontrará sola al final de la presentación, cuando todo el mundo se retire hacia el catering, momento en el que aprovecharé para poder hablar con ella tranquilamente; claro, el riesgo que corro es que me puedo quedar sin tomar nada, porque, cuando acabe la entrevista, ya se habrán fulminado toda la comida, los españoles somos de mucho comer; pero no me importa, todo sea por guardar la línea y hacer una buena entrevista.

Bla, bla, bla, primero las palabras del representante de los Watchis en España, después habla Pitita, que nunca se ha caracterizado por su gran oratoria, pero conoce mucha gente de alto estánding, para venderles el reloj y, finalmente, la comida. Como suponía, la gente sale en desbandada hacia las mesas que están situadas en la explanada, cerca del restaurante y, efectivamente, Pitita se ha quedado más sola que la una, con su madre y su hermana, que tienen demasiada clase como para salir corriendo hacia la merendola.

 Todo resulta según lo tenía planeado. Pitita es encantadora cuando quiere, y Mara es un auténtico encanto, doña Pilar es estirada, pero, nobleza obliga, su educación le impide ser grosera, por lo que también accede a contestarme algunas preguntas. Me conocen de hace tiempo y saben que no soy una fisgona, por lo que cuento con su confianza.

Veo que Sasha está disfrutando y me alegro; desde que recibió aquella misteriosa llamada en la que una persona se identificaba como su padre, se quedó de piedra, porque su madre siempre le había dicho que falleció en un accidente de tráfico poco antes de nacer Sasha y no tenía más noticias porque su madre siempre se había negado a contarle nada sobre él.

 El lunes en la redacción, Sasha se dirige otra vez hacia mi seudo-despacho, me comenta que ha recibido una nueva llamada: su padre está en una residencia de ancianos y quiere verle antes de morir. La persona que le llama por  teléfono se identifica esta vez: es el director de la residencia.

 "Su padre llegó hace unos días a la residencia, muy enfermo. Apenas podía articular palabra, por lo que no pudimos entender gran cosa, pero no dejaba de repetir que quería hablar con su hijo. Rebuscamos en sus bolsillos y encontramos un papel medio arrugado con un número de teléfono y un nombre: Sasha".

El director le cuenta todo esto a Sasha en su despacho de la residencia.

"La semana pasada le vimos tirado en medio del pasillo, con el teléfono en la mano".

"Sería cuando me llamó, porque oí una voz muy débil y un ruido, como si la persona que me llamaba se hubiera desplomado; después de eso, no se oyó nada más".

"Efectivamente, perdió el conocimiento y le llevamos al hospital. Le llamé por teléfono a petición de su padre, que quiere verle, ahora está en su habitación, puede hacerle una visita".

 Sasha sale muy impresionado de la habitación. Cierra la puerta tras de sí, dejando a un pobre hombre, muy delgado, casi en los huesos, y con barba de varios días tumbado en la cama.

 "¿Pudiste hablar con tu padre?" le pregunto curiosa a Sasha.

"No, estaba dormido y no quise despertarle; volveré otro día a verle. ¿Sabes? Cuando estaba en la residencia, mirando ese cuerpo tan huesudo tirado sobre la cama no sentí nada. Para mí no es mi padre".

"Es normal, el instinto filial no nace de la nada, se va forjando con la relación; tú nunca supiste que tenías un padre, ni lo tuviste a tu lado en los buenos ni en los malos momentos, así que, para ti es un extraño, a pesar de que él diga que es tu padre".

"Te seré sincero, no tengo ganas de volver a la residencia y enfrentarme a él; por una parte, tengo curiosidad por saber cuál es su historia, qué razones le empujaron a abandonarnos, pero, por otra, no me apetece verle nuevamente, es un miserable, y siempre lo será".

"A lo mejor tiene una razón importante, dale una oportunidad".

"Tú siempre tan caritativa"-

"POSITIVA, hay que ser positivo" contesto levantando un poco la voz. El resto de mis compañeros se me queda mirando extrañados, lo que me hace, por timidez, bajar la mirada.

"Bueno, sigue trabajando, ya te contaré si voy o no a verle".

 Ese fin de semana seguimos de presentaciones, esta vez, es un nuevo perfume, cuando le digo a Sasha que me acompañe, me contesta que para el sábado está ocupado, así que aprovecho que mi amigo Pep está disponible para invitarle, después, nos iremos a cenar con su novio Paul; son una pareja muy agradable y me llevo muy bien con ellos, además, no quiero desaprovechar la oportunidad de una buena comilona, porque Pep siempre me lleva a lugares exclusivos que con mi pobre sueldo no me puedo permitir (tendré que anotar nuevamente en mi agenda: insistir a Sasha en que me suba el sueldo para poder alternar con la gente bien).

La presentación no está mal, es como todas, mucha gente mona y ociosa que necesita lucirse con el fin de que luego se hable de ellos y aumente su caché para cuando quieran conceder una exclusiva; con respecto al perfume, me gusta, es fresco, para el verano, con toques afrutados. Esta vez es una amiga de Pitita la encargada de las relaciones públicas de la empresa, pero parece ser que tienen menos presupuesto, porque sólo nos ofrecen un vino y unas patatas; menos mal que cenaré bien después, así que no me importa, este fin de semana me saltaré mi línea, (curva, por aquello de la barriguita que se me está empezando a notar).

 El lunes me encuentro a Sasha un tanto decaído, se ha encerrado en su despacho y no ha hablado con nadie, algo extraño en él, porque no acostumbra a tener la puerta cerrada; siempre ha dicho que le gusta que sus compañeros le vean, por otra parte, es una forma de conocer lo que estamos haciendo y de controlarnos, pero a mí no me resulta incómodo saber que él está ahí mirando; sé que hago mi trabajo y no tiene que reprocharme nada. Al final, me armo de valor y llamo a su puerta.

"¡Adelante!", veo que guarda unas fotos dentro de un cajón.

"Quería comentarte algo de la presentación del sábado" digo, intentando ser natural, aunque, en realidad, espero que se desahogue conmigo. Desde que se separó de su mujer, le encuentro muy solo, no es una persona amiga de juergas y sé que le cuesta trabajo abrirse a los demás.

"Al final fui a ver a mi padre" me dice sin apenas mirarme.

"¿Y qué tal fue?" estoy a punto de decir: me alegro, pero no me atrevo, no vaya a ser que el encuentro haya sido una catástrofe y me culpe de ello.

"Mejor de lo que esperaba".

"Me alegro" esta vez sí me atrevo a decirlo, voy pisando terreno más seguro.

"Estaba despierto y con mejor aspecto, afeitado y  sonriente. Me contó una historia muy larga, excusándose de su abandono".

"¿Le creíste?".

"No sé qué pensar, mi madre ya no está para contarme su versión".

"Dale una oportunidad".

"Sí, ya sé, hay que ser positivo"-

"Efectivamente".

Me muero de ganas de saber cuál es la historia, pero no quiero preguntar, prefiero que me lo cuente cuando se sienta con fuerzas para ello, así que, me doy la vuelta haciendo ademán de irme. Afortunadamente, me retiene.

"¿No quieres oírlo?"

"Si quieres contármelo, sí; es algo personal y no quiero inmiscuirme".

"Tan discreta como siempre".

"No te rías de mí, ya me conoces".

"Empezaré desde el principio".

"Como no podía ser menos en un sesudo ucraniano como tú"

"Ahora eres tú la que se ríe de mí".

"Vengaaaa", veo que mi paciencia tiene un límite.

 Y empieza su historia:

"Mi padre era un marino mercante español que, en una de sus muchas travesías, atracó en el puerto de Odessa".

"La perla del mar Negro".

"¿Y tú cómo sabes eso?"

"Una, que tiene su cultura"-

"Bueno, sigo: allí conoció a mi madre y se enamoraron. Mi padre no tenía apenas recursos, así que, a las pocas semanas, cuando su nave zarpó se marchó en ella, prometiendo a mi madre volver con dinero para quedarse allí a vivir juntos.

Mi madre esperó, pero, cuando vio que no regresaba y que yo iba a nacer, decidió ir a buscar trabajo al norte, a Kiev".

"La capital de Ucrania".

"Sí, allí nací yo y nunca supe nada de mi padre".

"¿Nunca preguntaste por él?".

"Sí, pero mi madre apenas me contaba nada, sólo que había muerto antes de nacer yo".

"¿Y el resto de tu familia?".

"Cuando nos fuimos a vivir a Kiev, mi madre perdió el contacto con ella. Sólo volvimos a Odessa cuando murieron mis abuelos, para visitarlos en el cementerio".

"Un poco tétrico, ¿no?".

"Sí, pero mi familia es así: mi madre, hija única, soltera y embarazada, mis abuelos, que se vieron deshonrados... en fin, la típica historia de aquella época".

"¿Y por qué viniste a España?".

"Siempre pensé que por casualidad, aunque quizá no lo fuera tanto. Mi madre tenía cáncer y, cuando sintió que estaba cercana su muerte, me habló de España, no es que no conociera este país, claro, pero nunca había pensado en él. Estudié periodismo con otras miras, pero, cuando mi madre falleció, me vi solo, sin familia y decidí venir a la aventura. Ahora que lo pienso, quizá en el fondo, mi madre esperaba que yo encontrara a mi padre para que no me sintiera tan solo".

"¿Y por qué no regresó tu padre?".

"Ahí viene lo más insólito: dice que le movilizaron a filas, porque estalló la guerra en España y, cuando quiso volver unos años después, Ucrania estaba bajo el dominio de la URSS, tras la Segunda Guerra Mundial. No supo nunca que yo había nacido, hasta hace unos años, en una reunión de antiguos compañeros. Parece ser que, uno de sus amigos marinos, se quedó en Odessa y nunca perdió el contacto con mi madre".

"¿Tú le crees?".

"Quiero creerle. Ahora se encuentra muy enfermo, con un cáncer terminal; me ha dicho que llevaba un tiempo buscándome para pedirme perdón y que ya se puede morir en paz y con la conciencia tranquila".

"Qué mala pata, recuperas a tu padre ahora que está a punto de morirse" añado, intentando no parecer demasiado brusca.

"Sí, tendré que recuperar el tiempo perdido. Quiere que le enseñe fotos de mi madre", veo que abre un cajón "mira, son fotos suyas, vestido de marino".

"Umm, era guapo, ya veo de dónde has sacado tus genes, ja ja ja".

"Además, me ha prometido contarme sus aventuras como marino para que escriba unos artículos".

"Me alegro de que, al menos, todo termine bien, y cambia la cara, seguro que tu padre tiene cosas muy interesantes que contarte. Vamos, te invito a tomar un café".

Nos vamos a nuestra cafetería de siempre, y, como cualquier excusa es buena, aprovecho para tomarme una tostada para celebrarlo, saltándome un día más mi dieta.

 

Pep

 Esa mañana, cuando he apagado el despertador, mi pensamiento se ha dirigido a Pep. Todavía recordaba su llamada de la noche anterior, que me sobresaltó un poco, ya que no acostumbra a llamarme tan tarde, eran casi las doce cuando sonó el teléfono.

"Dígame" contesté adormilada.

"Hola cariño, necessito hablar contigo urgentemente".

"¿Qué te ocurre?" mi voz sonó un poco asustada.

"Nada, no te preocupess, pero quiero verte mañana. ¿Podemoss comer juntoss?"

"Un momento, voy a ver mi agenda".

Por suerte, no tenía ninguna entrevista concertada, así que simplemente me dedicaría a hacer llamadas de teléfono.

"Mañana estoy libre, Pep".

"¿Comemoss donde siempre, entoncess, a las doss y media?".

"De acuerdo, hasta mañana".

Colgué un tanto extrañada, no era muy normal que Pep llamara a mi casa a esas horas, así que supuse que sería algo importante. 

Me he puesto ropa cómoda, unos vaqueros, una blusa color azul turquesa y zapato bajo; llevo toda la mañana dándole vueltas a la comida de hoy, no sé qué puede querer Pep. Los días que no tengo entrevistas aprovecho para hacer llamadas de teléfono en nombre de la revista a algún amigo o confidente para conseguir alguna primicia, así que paso toda la mañana colgada del teléfono. Cuando se acercan las dos y media, salgo de la redacción, y me dirijo andando al restaurante donde he quedado con Pep, es un tanto exclusivo y, por supuesto, caro; no suelo comer en ese tipo de sitios habitualmente, pero Pep sí, para él es normal, así que agradezco el quedar con él a comer de vez en cuando porque aprovecho para cambiar mi rutina. 

No hay mucha gente en el local, sólo dos o tres mesas, pero seguro que se irá llenando poco a poco porque suele ser un sitio muy concurrido. Pregunto al maître por Pep, lo conoce de sobra, ya que es un habitual, y me indica una mesa del fondo. El restaurante es lujoso, alegre, con amplios ventanales por los que entra un sol radiante, con mesas y sillas de madera noble y manteles de hilo blanco; las mesas están impecablemente vestidas, con platos de porcelana, servilletas en forma de flor dentro de las copas y todos los cubiertos habidos y por haber de pescado, de carne, de postre... Se encuentra en un paseo con palmeras, muy cerca del puerto deportivo, la gente que acude normalmente es de alto nivel, pero suelen ir vestidos con ropa informal, de marca, eso sí. En la mesa de Pep hay otra persona, un hombre maduro y elegante, tendrá cerca de cincuenta años, me resulta bastante atractivo, se levanta cuando me ve llegar lo mismo que Pep, los vaqueros azul clarito que lleva le sientan de maravilla.

"Hola cielo, cuánto me alegro de que hayass venido. Te pressento a Paul".

"Hola Paul, es un placer, tenía ganas de conocerte", ¡por fin conozco a Paul!, estaba deseando que Pep me lo presentara, pero no me atrevía a decírselo porque no quería inmiscuirme en su vida.

"Hola Selica, Pep me ha hablado mucho de ti".

"Espero que sea bien", dirijo una maligna mirada a Pep.

"Por supuesto, te tiene en muy alta estima" contesta Paul.

"Bueno, bueno, Sselica ssabe de ssobra que la aprecio mucho, pero le gussta hacersse rogar".

Nos sentamos un tanto ceremoniosamente en la mesa, esperando a que me acomode yo en mi silla antes de sentarse ellos y nos acercan la carta.

Siempre me dejo recomendar por Pep, porque sé que está a la última en comidas y sabores exóticos.

La conversación es un poco trivial, no gira sobre nada en concreto, hasta que Paul, un tanto nervioso, le hace una seña a Pep.

"Ssí querido, no te preocupess, no sse me olvida la razón de nuesstra comida. Cielo, necessitamoss urgentemente un favor".

"Sabes que, si está en mi mano, puedes contar con él".

"Ya ssé querida que eress muy buena chica. Veráss necessitamoss que te pongass en contacto con esse amigo tuyo policía".

"¿Con mi amigo Mario? ¿qué queréis de él?"

"Es un asunto muy delicado", me dice Paul.

"Yo sse lo cuento, querido" Pep, le quita la palabra a Paul. "Veráss cielo, el otro día robaron en cassa de Paul".

"¡Qué faena!, ¿se llevaron muchas cosas?"

"Realmente, no, sólo se llevaron una cosa".

"¿Y no lo denunciaste?" pregunto mirando a Paul.

"Es que es algo muy delicado" me dice Paul.

"Paul guardaba unass fotoss con una perssona muy influyente. Alguien entró en ssu cassa el otro día, pero ssólo sse llevó essas fotoss, nada máss. Ess evidente que quieren hacerle chantaje".

"¿Y qué queréis que haga mi amigo?"

"Pep me ha dicho que tiene un puesto importante en la policía y que está enamorado de ti".

"Bueno, Pep tiene mucha fantasía. ¿Y qué esperáis de él?".

"Queremos contárselo todo, pero que sea discreto, por supuesto no pretendemos que haga nada ilegal".

"Desde luego, yo no sería capaz de pedirle nada ilegal" afirmo rotundamente. 

Al final, acordamos que yo llamaría esa misma tarde a Mario para ponerle en contacto con Paul.

 Salgo del restaurante un poco cabizbaja, quiero ayudar a Pep, por supuesto, es un gran amigo y me ha hecho muchos favores, así que le debo este, pero no tengo muchas ganas de hablar con Mario; hace tiempo que no tengo noticias suyas y no sé cómo se va a tomar mi llamada; es verdad que sé que le gusto, o, al menos, le gustaba, pero las cosas no son tan sencillas, yo tengo una vida completamente distinta a la suya; un policía, o, al menos Mario, está demasiado embebido en su trabajo, tiene demasiadas ataduras, y no me puede dedicar el tiempo que a mí me gustaría.

 Bueno, no lo demoremos más, llevo más de una hora en la redacción llamando por teléfono a otras personas y el número de Mario me ronda la cabeza constantemente, pero no me atrevo a marcarlo. Por fin me decido a hacerlo; mientras da la llamada, rezo para que no me conteste, me he pensado y repensado varias veces lo que tengo que decirle para no ponerme nerviosa, pero, cuando escucho su voz, se me olvida todo, ¡maldita sea! debería habérmelo escrito en un papel. La conversación podría tildarse de desastre, le noto nervioso también a él, y no me atrevo a preguntarle por su vida, sólo soy capaz de hablarle de Pep, al que no tiene en mucha estima y de que su novio Paul tiene un problema, que no le comento, sé que Mario no va a poner ninguna pega y, efectivamente, por hacerme un favor, me pide el teléfono de Paul. En fin, ni menciona que quiere verme ni que me echa de menos ni nada por el estilo, así que, un tanto frustrada, cuelgo. Todavía un poco nerviosa, llamo a Pep, quien encantado, me dice que tenemos que quedar el fin de semana a cenar, invita él, por supuesto. 

El sábado, Pep viene a buscarme a casa en su Chevrolet Corvette anaranjado, el caprichito que se compró el año pasado y que le costó un ojo de la cara; los primeros días, cada vez que le veía, me hablaba de los caballos, la cilindrada, el modelo..., pero todo eso se me olvida, sólo sé que tiene un color precioso y que es una gozada montar en él, sobre todo, cuando ya empieza a hacer buen tiempo y le quita la capota; me siento como una reina, aunque me da un poco de apuro, porque supongo que los que nos vean y no conozcan a Pep pensarán que soy la querida de turno y que estoy con él por su dinero, porque casi me dobla la edad, pero no me importa en absoluto (como Góngora, "ande yo caliente y ríase la gente").

 "¿Sabes si Mario ha llamado ya a Paul?" pregunto con curiosidad.

"Ssí, me dijo que tu amigo era muy atento y servicial, espero no tener que ponerme celosso"

"No seas tonto, ya sabes que Mario no es gay, además, no le quitaría el novio/a a nadie, es una persona muy recta".

"Ess broma, querida, veo que eress muy ssussceptible cuando hablamoss de tu querido Mario".

"Ja  ja y ja, ¡qué gracioso!"

"¿Vess lo ssussceptible que eress?"

"Bueno, no me cambies de tema, perdóname si parezco una cotilla, pero, ya que me habéis contado el asunto, me gustaría saber cómo acaba todo".

 Cuando llegamos al aparcamiento del restaurante, salgo con cuidado del coche; muy bonito, pero poco práctico para ir con minifalda y sandalias de tacón de aguja; dignamente, coloco mi falda naranja en su sitio (parece que voy a juego con el coche), afortunadamente, tengo las piernas morenas así que no me he puesto medias, porque hace bastante calor.

En el restaurante, nos recibe un camarero con mucha educación y nos lleva a una mesa, veo que al lado se sientan los duques de Monteagudo.

"Ya vess querida" me comenta Pep al oído, "a algunass no lass deberían dejar ssalir de cassa, perdóname un momento por favor".

Se refiere a la hija de los duques de Monteagudo, ya talludita; a sus treinta años se sigue poniendo cosas rompedoras, pero, en realidad, va hecha un adefesio, además, con la tripita que tiene y lo bajita que es, no está nada favorecida, pero, claro, a ver quién se atreve a decirlo. Probablemente saldrá en las revistas y todo el mundo celebrará su look casual y su porte atrevido, en fin, no lo critico porque todos somos iguales, sus papás tienen mucho dinero y a ninguna revista le interesa enemistarse con ellos, ya que son habituales de las grandes fiestas de sociedad y sus celebraciones nos permiten rellenar muchas hojas de papel couché y vender muchas revistas, que es de lo que se trata en mi profesión.

Veo que Pep se dirige a ellos para saludarlos.

"Decididamente, hecha un adefessio" sentencia Pep cuando vuelve a nuestra mesa "le he dicho que esstá  moníssima de la muerte, claro, porque aprecio mucho a ssuss padress, pero va horrible con essa falda tejana tan corta, essas mediass de lana y lass botass altass, ¿no sse ha dado cuenta de que no hace frío,  de que no tiene veinte añoss y de que esstá gorda?" mientras dice eso, hace un ademán señalando con los dedos de su mano las tres causas por las que la duquesita no debería ir vestida así.

"Chhh" le hago a Pep, "no te exaltes de esa forma que te van a oír".

"Perdóname cielo, ess que sse esstá perdiendo la elegancia en lass nuevass generacioness, dioss mío, qué juventud".

Es verdad que Pep está un poco anticuado en algunas cosas, pero en este caso tiene razón.

"¿Ha roto la duquesita con Manolito?" le pregunto a Pep, aunque sea sábado por la noche y esté degustando la deliciosa parrillada de verduras, no dejo de hacer mi trabajo y sé que Pep es un buen confidente, aparte de ser mejor amigo.

"Puess creo que ssí, lo llevaban muy en ssecreto porque no querían tener otra avalancha de fotógrafoss, como todass lass veces que han cortado; ten en cuenta que, en cuatro añoss que llevan ssaliendo han cortado ya ocho o nueve vecess, assí que essta vez no han querido que trasscienda su ruptura, pero, yo hace unoss messess que no loss veo juntoss".

"Sí, vamos, que se han dado un tiempo, como dicen ahora los cursis".

"Algo assí sse podría decir, pero me pareció ver a Manolito el otro día con la hija de los marquessess de Peñarroya, un cielo de niña, máss jovencita que éssta y máss elegante, ¡dónde va a parar!"

"Pues Manolito ya tiene casi cuarenta años, ¿no?".

"Ssí, pero ssiempre le ha gustado ir picando de flor en flor, como sse decía antess y dessde que fallecieron ssuss padress en aquel terrible accidente hace unoss añoss, ha heredado un fortunón".

"¿A qué se dedicaba su padre?"

"Ay hija, ésste ssí trabajaba, tenía una gran empressa de transsporte con un hermano, pero Manolito nunca quisso ssaber nada de ella, assí que, en cuanto heredó, vendió ssu parte a ssu tío y a ssuss primoss y sse ha dedicado a gastarse el dinero, pero todavía le queda; sse comenta que cierra todoss loss ssábadoss el cassino y ess muy amigo de loss croupieress".

"¡Menudo partidazo! Pues los duques de Monteagudo estarán que trinan, ¿no?"

"Puess ssí, porque a esse ducado no le vendría nada mal que entrara un poco de dinero, las finanzass del duque no esstán mal, pero ya no ess lo que era antess; sse comenta que la duquessa no va tan a menudo como antaño a ssuss curass en la Cossta Azul".

"No esperarás que me ponga a llorar, ¿verdad Pep?, a ver si ahora me voy a aguar este delicioso pescado porque la pobrecita duquesa y su niñita no puedan ir a la Costa Azul".

"Veo que ssiguess tan ssarcásstica como siempre, monina".

"No es sarcasmo, pero dudo que la duquesita pudiera vivir con mi sueldo".

"Por cierto, que llevass una blussa moníssima, ¿de quién ess?"

"Ja ja ja, Pep, siempre pensando que llevo ropa de marca, es una blusa blanca normal y corriente que me compré hace unos años no recuerdo dónde, pero me favorece mucho, ¿verdad?".

"Ess que tiene un corte muy actual".

"Sí, me encantó cuando la vi, además, no fue nada cara, lo malo es que es de algodón y se arruga mucho, pero, bueno, aunque no me maravilla planchar, merece la pena ponérmela".

"Le tengo que decir a mi Yassmina que vaya a limpiar a tu cassa".

"Te lo agradezco Pep, pero no quiero gastarme el dinero en eso, no me sobra y prefiero comprarme ropa, sabes que tengo que salir mucho y necesito un vestuario variado, además, viviendo yo sola no ensucio demasiado por lo que aprovecho un día a la semana para limpiar todo bien".

"Como quierass niña, ¿qué quieress de posstre?"

"Puff, qué pregunta, se me han antojado unos profiteroles que acabo de ver pasar, ¡con lo que engordan!, en fin, mañana comeré menos".

"Dissfruta que la vida ess corta".

"Sí, claro, pero eso proviene de alguien que no tiene problemas con la balanza, nunca te he visto gordo Pep".

"Ess genético, mi familia ess delgada, tanto mi padre como mi madre, assí que nunca hemoss tenido que hacer régimen en cassa".

"¡Qué maravilla! Últimamente, tengo que estar controlándome en mis salidas para no ponerme como una vaca porque me estoy pasando".

"¡Qué exagerada eress, querida".

"Bueno, un poco sí".

"Anda, cómete essoss profiteroless a gussto, yo tomaré también otro plato". 

La velada es deliciosa, aparte de la cena, vamos a un pub de moda que acaban de inaugurar; después de una copa aprovecho para preguntarle por Paul, nos sentamos en un rincón tranquilo para poder hablar mejor. Me cuenta que Paul es un arquitecto argentino muy apreciado (realmente, a mí me pareció muy elegante cuando lo vi la otra noche), pero que, de joven, cometió muchas locuras, una de ellas fueron unas fotos comprometidas en una fiesta, con un magnate del acero, casado y con familia.

"Paul nunca quisso dessprendersse de essass fotoss, ssiempre he pensado que ha ssido una estupidez no hacerlo, dice que lass guardaba de recuerdo y nunca imaginó que pudieran robarlass".

"Pues sí que fue una tontería, ¿qué sentido tenía guardarlas?"

"Paul nunca me lo ha querido reconocer, pero ssupongo  que nosstalgia, me dijo que esstaban muy enamoradoss, pero eran otross tiemposs y no era fácil abandonar una familia y una possición ssocial por un jovencito de algo máss de veinte añoss".

"¿Y sabe algo de esto el magnate ese?" pregunté curiosa.

"Parece que murió hace unoss añoss, pero essass fotoss pueden hacer mucho daño a la viuda y a loss hijoss. Paul no volvió a ssaber nada de elloss, acabó su carrera de arquitectura y sse vino a Esspaña a trabajar con una beca, pero mi Paul ess una perssona muy elegante, no ssólo por fuera, también por dentro y no quiere comprometer a la familia de alguien a quien amó tanto, por esso esstá tan preocupado".

"Mario es una persona muy eficiente, seguro que encuentra pronto al culpable".

"Ya veo que ssiempre defiendess a tu Mario".

"¿Vas a seguir con esas tonterías?"

"Perdona monina, no te enfadess, que ya ssabess que te quiero mucho y ssolo quiero tu felicidad".

"Lo sé Pep, perdona, ¿nos vamos ya a casa?".

"Cómo ussted ordene, la sseñora ssabe que ssu chofer esstá a ssu disspossición para lo que ordene y mande".

"Ja ja ja, qué payaso eres".

 Hace una noche agradable, me apetece sentir la brisa marina en la cara, Pep me deja en casa y se vuelve a su precioso ático. Alguna vez me ha invitado a cenar a su casa, tiene unas vistas preciosas de la bahía; cuando empieza a anochecer, destacan las luces de las farolas que rodean el puerto. El tenue susurro de las olas es una buena compañía para una entretenida conversación, mientras tomamos una copa en la terraza.

 Ese domingo me levanto tarde, no tengo ningún plan, había pensado salir un rato a pasear por la playa cuando recibo una llamada de Pep, quiere que coma con él y con Paul; me alegra volver a ver a Paul, me pareció una persona agradable.

La comida es en casa de Pep, no sé qué preparará porque no acostumbra a cocinar, suele ir todos los días Yasmina a limpiar la casa y le deja la comida ya hecha, pero los domingos, come fuera porque Yasmina tiene el día libre y no es muy amigo de las comidas recalentadas.

Me llevo una grata sorpresa cuando llego al ático, Paul está en la grandiosa cocina de Pep, con un delantal puesto, huele de maravilla.

"¿No me digas que sabe cocinar?" pregunto a Pep cuando Paul no me oye.

"Esste chico ess una auténtica joya"

Saludo a Paul con dos besos.

"¿Puedo ayudarte en algo?" me ofrezco servicial.

"No te preocupes, ya lo tengo todo controlado, aunque no gracias a Pep".

"Ya ssabess querido que ssoy un auténtico dessasstre para la cocina".

La mesa está preparada en la terraza, con sus maravillosas vistas; mientras llevo el vino y el agua, veo a Pep que ya se ha sentado, Paul sale a la terraza, ya sin delantal, con una fuente en las manos que desprende un agradable olor, es una especie de empanada que se dispone a partir con un cuchillo.

"Primero, nuestra invitada" comenta, partiendo un trozo y poniéndolo en mi plato, "espero que te guste, es tarta pascualina".

"No había oído nunca ese nombre, ¿qué tiene?", no quiero parecer grosera, pero tengo curiosidad por saber lo que me voy a comer.

"Oh, nada en especial, culebras y algunas hormigas" me contesta Paul.

Me quedo mirando el plato con cara de asco, Paul se empieza a reír.

"Querida, no le hagass casso, te esstá tomando el pelo, yo le he vissto hacerlo y no había ninguna hormiga por ahí perdida".

"Es broma, Selica, está hecha con acelgas, espinacas, huevos, queso..., reconozco que la masa no la he preparado yo, ya la venden hecha en la tienda, pero el relleno sí me he encargado yo de hacerlo".

Espero a que sirva los platos de los demás para probarla.

"Umm, está deliciosa".

"Es un plato muy típico de mi país".

"Y ya veo que también has traído vino argentino".

"Sí, de Mendoza, es una zona muy importante en vinos, es como si aquí nos refiriéramos a La Rioja o a Ribera del Duero...".

"Has preparado una auténtica comida argentina" comento.

"Ssí querida" interviene Pep "Paul quería agasajarte por haberte tomado la molestia de hablar con tu amigo Mario, assí que te ha preparado una genuina comida argentina, ahora viene la matambre y despuéss el dulce de leche de posstre, si no queríass engordar, me parece que la llevass clara, cielo".

"Me gustaría que me dieras la receta de la tarta pascualina porque está deliciosa"

"Pero ssí tu no ssabess cocinar tampoco" contesta un poco sarcástico Pep.

Le dirijo una mirada fulminante, no me agrada que desvele uno de mis grandes secretos, efectivamente, a pesar de ser mujer, soy una pésima cocinera, pero me habría gustado quedar bien delante de Paul, siento envidia de ver lo deliciosa que le ha quedado la comida y lo inútil que soy yo para cocinar.

"No te preocupes" intenta pacificar Paul, "no es tan complicado, te puedo enseñar a hacerlo".

"Gracias Paul, eres muy amable".

Seguimos charlando animosamente, cuando suena el teléfono de Paul.

"Aló".

Vemos que su cara se contrae, se levanta de la mesa y entra dentro de la casa. Apenas podemos oír la conversación, Pep y yo intentamos hablar de alguna cosa, pero nos ha dejado preocupados la expresión de Paul, así que nos quedamos callados esperando su regreso. Paul sale nuevamente a la terraza con cara de disgusto.

"Era él" nos dice y se queda callado.

Yo no sé de qué está hablando, pero Pep sí.

"Sserá hijo de ssu madre" dice Pep, al que nunca le he oído decir ninguna palabrota, "ess el ladrón" me aclara.

"¿Qué quería?" pregunto un tanto extrañada.

Pep me cuenta que el ladrón ya se había puesto en contacto con Paul antes y que le ha pedido dinero.

"¿Y qué piensas hacer?" le pregunto.

"Pues dárselo, no quiero que esas fotos salgan a la luz, pero es una cantidad muy elevada, quiere un millón de euros, y no sé de dónde sacarlo; yo no tengo tanto dinero, Pep se ha ofrecido a ayudarme" le mira con cara agradecida, "pero yo no quiero aceptarlo".

"¿Lo sabe la policía?" pregunto.

"Lo de las llamadas, no".

"¿Y por qué no le tiendes una trampa al chantajista?, le dices que de acuerdo, que le vas a llevar el dinero, pero llamas a la policía para que le detengan cuando te entregue las fotos".

"Uy querida, tú hass vissto muchass películass" me dice Pep.

"No es una idea tan descabellada" contesta Paul, "tendríamos que pensar en alguna manera de engañarle".

"Sí, como en las películas: le entregas un maletín con unos cuantos billetes y el resto son recortes de periódico, para que hagan bulto; yo me ofrezco voluntaria a recortar todos los papeles que quieras", me voy excitando por momentos pensando en cómo podemos (porque ya me siento involucrada) engañar al chantajista. Pep sigue con su escepticismo, pero, poco a poco, Paul y yo conseguimos convencerlo.

 Esa noche no puedo dormir, al día siguiente tengo que madrugar, pero no me importa, me he pasado toda la noche dando vueltas y vueltas a la cabeza para ver cómo podemos hacer para engañar al chantajista, en ese momento, no pienso en que puede ser un matón profesional y podemos poner nuestra vida en peligro. Quedamos en que Paul hablará con Mario para comunicarle la llamada del chantajista y decirle que está dispuesto a ponerle una trampa.

 El lunes sigo excitada y cansada por no haber podido dormir bien, trabajo como buenamente puedo; al día siguiente, me siento un tanto molesta porque no sé nada de Pep, no quiero que me excluyan de toda la historia (para mí es una verdadera aventura y me siento un poco protagonista de ella), finalmente, recibo una llamada de Pep para tomar algo ese día después del trabajo.

En el bar está también Paul, les saludo cariñosa.

"Querida, ya tenemoss  un plan" me comenta Pep excitado.

Me cuentan que han hablado con Mario y, con la máxima discreción, han quedado en organizar un encuentro con el chantajista en el casino, donde no despertarán sospechas, Pep no se quiere perder el espectáculo y tendrá un papelito en el engaño. No me gusta que Paul piense que creo que es un juego, pero me apetecería mucho participar a mí también, así que acordamos que yo estaré con Pep.

Sólo falta esperar a que el chantajista se ponga en contacto con Paul nuevamente.

 Me vuelvo a casa excitada pensando en el plan. Cuando a la mañana siguiente recibo una llamada de Pep, me excito aún más, Paul ha quedado ese sábado con el chantajista en el comedor del casino; me paso toda la semana recordando nuestra conversación en el bar y cómo tenemos que actuar.

Por fin llega el gran día, procuro vestirme discretamente para no llamar la atención, así que me pongo un pantalón vaquero y una blusa de color ocre, con mi fular a juego, claro; una nota de elegancia nunca viene mal.

Pep viene a buscarme en su Corvette, mejor porque estoy excitada para tener que conducir. Llegamos al casino pronto para poder encontrar una mesa libre en el comedor; vemos que Paul está sentado en la entrada, ni le miramos siquiera, no queremos levantar sospechas porque no sabemos si el chantajista estará vigilándole, se le ve un poco nervioso.

"¿No te parece que esstá guapíssimo?" me susurra Pep al oído.

Es verdad, hay que reconocer que a Paul le sienta bien cualquier cosa que se pone.

Intentamos hablar con aire distraído, como si no pasara nada; en ese momento, veo que llega Mario, también está guapo, la verdad.

"Puess tu amigo tampoco esstá nada mal" me susurra nuevamente al oído.

"No digas tonterías, Pep" le contesto simulando enfado, pero, en el fondo, sonrío por dentro.

Veo que Mario me dirige una mirada asesina, supongo que se habrá molestado por verme metida en el sarao; probablemente no sabía nada de mi presencia allí, aunque tendría que habérselo imaginado, ya que me conoce de sobra como para saber que no podría perderme algo parecido. Apenas le dirijo la mirada, porque no quiero correr el riesgo de que me mande a mi casa, como si fuera una colegiala, así que miro hacia las ruletas que están en la sala de al lado; se ve perfectamente a la gente apostar en las mesas de juego, ya que ambas salas están separadas sólo por unas mamparas de cristal.

"Y pensar que hay gente que se juega hasta el dinero que no tiene" le comento a Pep.

"Hay de todo, querida, conozco a más de uno que se ha ganado algún dinerillo, controlándose claro, sabiendo cuándo dejarlo".

"¿A ti te gusta jugar a la ruleta, Pep?"

"He venido alguna vez que otra".

"¿Y has perdido mucho?"

"¡Qué negativa eress, querida!, mejor pregúntame si he ganado mucho"

"Ja ja ja ¿Y has ganado mucho?"

"Puess no me ha ido mal, porque ssoy de loss que ssaben retirarsse a tiempo; cuando veo que he ganado un poco y esstoy en racha, lo dejo, en lugar de penssar que voy a ganar ssiempre, ya que lass rachass cambian cuando menoss sse lo esspera uno".

"¡Qué sabio eres! Un día me gustaría venir contigo a jugar"

"Cuando quierass, querida".

Parece que la conversación nos ha calmado un poco los nervios, hasta el punto de que no nos hemos dado cuenta de que hay una persona sentada al lado de Paul, lleva pantalón y camisa oscura, un sombrero, amplias gafas negras y barba.

Todas las mesas del comedor están llenas de gente, mi imaginación me hace pensar que serán policías.

Pep está mejor sentado que yo porque los tiene enfrente, pero, como me tengo que ladear un poco y no quiero mirar hacia la mesa descaradamente para no levantar sospechas, estoy ansiosa por que Pep me cuente lo que está pasando.

Por el rabillo del ojo veo que Paul pone un maletín de piel negra encima de la mesa y lo entreabre un poco, el acompañante echa un vistazo dentro, en ese momento me entra un poco de terror recordando todos los papeles de periódico que recorté días atrás, esperando que al chantajista no se le ocurra ir uno por uno ojeando todos los fajos de billetes; afortunadamente, Paul ha cerrado nuevamente el maletín.

"El chantajissta sse ha metido la mano en el bolssillo de la chaqueta" me comenta Pep "y ssaca un ssobre de color amarillo, Paul esstá mirando lo que hay dentro".

 Sin darme cuenta, me giro un poco intentando ver mejor la escena y le doy al refresco que tengo encima de la mesa, noto cómo el frío líquido cae sobre mí y doy un grito. En ese momento, todo el mundo me mira; estoy avergonzada por llamar tanto la atención, el camarero se acerca presuroso para ver qué me ha pasado.

"¡Sse ha ido!" dice Pep.

"¿Quién se ha ido?", pregunto extrañada.

"Puess el chantajissta, con todo el esscándalo que hass montado, sse ha esscabullido entre la gente".

Estoy apesadumbrada, veo que todo el mundo me dirige miradas asesinas, así que me voy al baño para limpiarme un poco y llorar a gusto. La mayoría de la gente que estaba en el comedor sale hacia la puerta de salida; afortunadamente, Pep me conoce, porque cualquiera podría pensar que soy cómplice del chantajista y he montado todo el numerito para desviar la atención.

El baño está vacío, salvo un retrete, continúo con mi tarea, intentando que se vea lo menos posible la mancha marrón de mi antes impoluta camisa ocre. La persona que estaba en el retrete sale con una bolsa de deporte entreabierta; no hay mucha claridad en el baño, pero noto algo raro en esa persona de melena larga y morena; estoy acostumbrada por mi trabajo a ser muy observadora, así que procuro mirarla con disimulo, porque hay algo en ella que me ha llamado la atención; mientras veo cómo se está mirando en el espejo para darse colorete, caigo en la cuenta ¡tiene nuez!, al principio, no le doy mayor importancia, soy lo suficientemente discreta como para que un travesti no me choque, pero veo que en la bolsa de deporte que ha puesto sobre los lavabos sobresale algo que parece una barba y un sombrero ¡es el chantajista!, intento actuar como si no pasara nada, aunque los nervios me comen por dentro; digo adiós y salgo esperando encontrar a algún policía fuera. Pep sigue en la mesa junto con Paul; cuando me ven, me dirigen una mirada fulminante, pero estoy demasiado excitada como para prestarles atención.

"Rápido, ¿dónde hay algún policía?" pregunto presurosa.

Me señalan a Mario, que está cerca de la salida, cuando me dirijo a él, también me mira enfadado.

"¡Mario, el chantajista está en el baño de señoras! ¡Deprisa!".

Vamos corriendo al baño, la gente debe de pensar que estamos un poco locos o desesperados por llegar al aseo, finalmente, nos quedamos en la puerta, una policía de paisano entra sin llamar la atención, lo cual me permite ver que el travesti sigue donde lo dejé.

"Es él" le digo a Mario en voz baja, quien hace una seña a la policía; en pocos minutos reduce al chantajista que no opone resistencia.

Estoy más tranquila pensando que mi metedura de pata ha dado su fruto.

 El domingo recibo una llamada matutina, estoy un poco cansada porque el alboroto de la noche me impidió dormir bien, así que contesto con voz somnolienta, es Pep, estoy invitada a comer a su casa.

 Paul sale a recibirme a la puerta, le doy dos besos muy contenta de verle. Esa mañana ha estado en la comisaría declarando y ha visto al chantajista; frente a un rico plato de tarta pascualina me ponen al día de todo.

"Nunca se sabe lo que te puede ocurrir, la vida da tantas vueltas" comenta Paul y empieza su relato.

 Nos cuenta un desliz amoroso en la fiesta de fin de curso con una compañera, dejándola embarazada, sin que él sepa nada de ello. Luego, su venida a España a estudiar con una beca, al finalizar la carrera, hizo que perdiera el contacto con ella. Parece ser que el niño siempre preguntó a su madre por Paul, pero ella no sabía nada de él. Cuando fue más mayor, la madre le comentó a su hijo la existencia de unas fotos comprometidas de su padre y éste ideó la manera de vengarse robándolas y chantajeándole, era una forma de resarcirse por el abandono que sentía. Como Paul es un reputado arquitecto, no le fue difícil encontrar su dirección en internet.

Realmente, se notaba que el chico no era muy profesional, ya que no contaba con ningún elaborado plan ni tenía cómplices, por lo que fue fácil capturarle.

"Gracias a la inestimable ayuda de nuestra amiga Selica" añade Paul, me siento un tanto avergonzada, pensando en el numerito que monté en el casino.

"¿Y qué va a pasar con tu hijo?" pregunto.

"He hablado con la policía esperando que sean benevolentes con él. A partir de ahora, procuraré estar a la altura de un buen padre".

"Me haré a la idea de sser una buena madre" me dice Pep guiñándome un ojo.

 

Mara

¡Qué pereza! Estoy medio recostada en el sofá, escuchando cómo la lluvia repiquetea sobre el cristal del comedor mientras pienso en lo poco que me apetece salir a la calle. Son las ocho de la tarde y a las nueve y media tengo la fiesta de presentación en sociedad de Mara, la hermana pequeña de Pitita. Acaba de cumplir 18 años y doña Pilar lo quiere celebrar por todo lo alto, con una gran fiesta a la que acudirán unos cincuenta invitados; que no se me olvide coger mi acreditación. 

Con este tiempo tan infernal no tengo ganas de arreglarme mucho, pero no quiero ser una vaga, porque luego me encuentro con todo el mundo muy puesto y paso una vergüenza terrible. Empezando por mi compañera Marisa. Seguro que se llevará cualquier cosa despampanante y provocativa, le gusta llamar la atención. Es muy resultona y lo sabe, así que se aprovecha, claro, luego pasa lo que pasa, que yo a su lado parezco la hermana pobre, la Cenicienta. Espero que esta vez no sea como siempre. 

¡Arriba!, me voy a levantar porque si no, al final me quedaré dormida. Voy a mi habitación a ver qué tengo en el armario que pueda ponerme.

Viendo el interior de mi armario cualquiera se daría cuenta de lo metódica y ordenada que soy: lo he dividido en dos, por un lado, digamos que la ropa de trabajo, muy cómoda y funcional, y, por otro, la de las "ocasiones señaladas", como yo las llamo. Hoy toca la de las ocasiones señaladas. No hace frío, pero no me apetece llevar manga corta, así que me pondré unos pantalones anchos y muy ligeros de color ocre, una blusa abotonada, ceñida, verde botella, que es un color que me favorece mucho a la cara y estas sandalias de cristales de Swarowsky con algo de tacón, a juego con el bolso. Antes de nada, voy a darme una ducha.

 A las 9, mientras estoy en mis pensamientos vistiéndome, suena el móvil. Es Marisa que quiere que la recoja con el coche porque el suyo no le arranca. ¡Qué pesada es!, seguro que sólo es una excusa para no conducir y no gastar gasolina. ¡Con lo a gusto que voy yo sola en mi coche, pudiendo volverme a la hora que me apetezca! En fin, no me entretendré porque, al final, se me hará tarde.

 Está esperándome donde hemos quedado ¿qué decía yo?, pues eso, provocativa como siempre. Lleva un corpiño ceñidísimo al cuerpo, de color turquesa, con los hombros descubiertos (me está entrando frío sólo de verla) y una ajustada y cortísima falda negra. Los tacones son de quitar el hipo, claro, me consuela pensar que es más bajita que yo. Jeje, a pesar de sus tacones, sigo siendo más alta. Paro el coche y abre la puerta.

"Estoy desfallecida, Selica. ¿Te puedes creer que apenas he tenido tiempo de vestirme? Me he puesto lo primero que he encontrado en el armario, de verdad, te juro que necesito un café. Para donde puedas y me tomo uno." Mientras me dice esto, da caladas a su cigarro metiendo la cabeza en mi coche.

"Marisa, sabes de sobra que no me gusta que se fume dentro del coche, me molesta mucho el olor del tabaco."

"Pero si apenas se nota".

"Ni hablar, o te lo fumas fuera o lo tiras, pero dentro no te metes con el cigarro".

"Está bien, ya lo apago". Con su desparpajo habitual, lo tira al suelo, pisándolo con el pie. "¿Ya estás contenta? ¡hija, qué exagerada eres, no me puedo creer que notes el olor!". Se mete en el coche a regañadientes

"Soy yo la que no se puede creer que tú no lo notes. Por cierto, de parar a tomar un café, nada, que llegamos tarde. En la fiesta te pides un copazo, si quieres, para ponerte a tono, pero yo no quiero entretenerme por tu culpa".

"¡Ay hija, qué antipática estás!".

Cambia la emisora que yo traía, poniendo la música a todo meter. Lo que suena me gusta, pero me habría parecido más educado que me hubiera pedido permiso para cambiarlo. En fin, con ella no se puede, es así y así hay que aceptarla.

 Llegamos a la puerta de la residencia de doña Pilar; como siempre, montones de curiosos y de fotógrafos, que no tienen acreditación, esperan a la entrada. La verdad es que somos privilegiadas, porque no todo el mundo consigue ser invitado a determinadas fiestas, pero, afortunadamente, nuestra revista tiene muy buenas relaciones y no nos suelen poner el veto, de momento.

Como siempre, cuando vamos a este tipo de eventos, Marisa se pierde entre los invitados, así que supongo que no la volveré a ver, hasta que necesite que la lleve a su casa. Mejor para mí, ella se dedica a hacer las fotos, para eso es muy buena, y yo haré mi trabajo: entrevistaré a algún conocido y  recogeré sus impresiones sobre la fiesta. Nada fuera de lo normal, la verdad. Me iré apuntando en mi libreta los nombres de todos los famosos, porque luego si se me olvida alguno, se molesta. No sería la primera vez que llaman a la revista muy indignados porque no ven aparecer su nombre en mi reportaje, lo cual, por una parte, me halaga, porque demuestra que leen lo que escribo. 

"¡Qué maravilla, cuánto bueno veo por aquí, ma chérie!". Su voz es inconfundible, me doy la vuelta y veo a un Pepiño radiante, con un impecable traje gris clarito y una camisa negra, sin corbata.

"¡Pep, qué sorpresa!, no sabía si vendrías".

"¡Qué cossass tieness monina! ¿cómo no voy a venir a un sarao de ésstoss?, ¡con lo que a mí me gusstan!".

"Tienes razón, si tú eres el alma".

"Bueno, bueno, no exageress tanto querida. ¿Quieress que te traiga una copita de algo?".

"Un vino, por favor".

Veo cómo Pep se aleja hacia la otra punta del gran salón. Normalmente, doña Pilar da las fiestas en su precioso jardín, en verano; pero, cuando empieza a refrescar o, como es el caso de hoy, llueve, abre las puertas de su casa y nos permite que nos movamos por la planta baja con toda libertad. Tiene una mansión preciosa, con unos 200 metros cuadrados por planta. En el piso de arriba están las cinco habitaciones, cada una con su cuarto de baño y, en la planta baja, una gran cocina, la habitación de servicio, dos baños y dos salones descomunales, con unas grandes arañas en el centro; parecen más grandes aún porque han retirado los muebles para que no molesten, apenas han dejado unas sillas. En el fondo de uno de ellos se ve una pequeña orquesta tocando música suave. Es una casa muy desahogada y sin apreturas; vamos, la mía, a su lado, parece una casita de muñecas; claro que mi padre no fue socio de uno de los bancos más importantes del país, ni mi madre hija de un marqués.

Mientras repaso la ascendencia de doña Pilar, se me acerca Pep con dos copas de vino Diamante.

"¿Y qué me cuentass de nuevo, querida?".

"Poca cosa, Pep. Mi vida es tan monótona como siempre. Ahora hablaré con alguno de los invitados. Tú que estás muy enterado de lo que se cuece en este mundillo ¿con quién me recomiendas que hable?".

"Puess mira allí esstá Piluca con su nuevo acompañante. La vess tan bronceada porque acaba de venir de un viaje a lass Bahamass; pero se comenta que no fue todo lo bien que essperaban porque se cruzó una nativa moníssima de larga melena morena, aunque todo son habladuríass, ya sabess cómo es la gente. Por otra parte, también ha venido el conde de Esspinossa, con una dominicana de 25 añoss, a la que dobla la edad; máss que elegante, yo diría que ess moderna, con suss pantaloness vaqueross rotoss, medio dessnuda y demassiada gomina en el pelo, cossa que ya no es tan fashion. Supongo que ella le hará revivir al conde suss añoss locoss en Paríss cuando su santa madre, que Dioss tenga en su gloria, me llamaba por teléfono preocupadíssima por lass juergass que se corría el niño. Máss de una vez me hizo ir a Paríss para hablar con los gendarmess y evitarle assí dormir en la cárcel. Me llevaba muy bien con Carlitoss, porque era algo máss joven que yo y veía en mí la figura de un hermano mayor. Pero ya ha passado mucho de esso, eran otross tiemposs".

"Te pones nostálgico Pep. Voy a ver si puedo hablar con ellos, ahora nos vemos".

"Que te vaya bien, cielo". 

Mientras me alejo, pienso en Pep, en la vida tan excitante que ha vivido. No me atrevo a preguntarle por Paul, su último acompañante, porque él no me ha contado todavía nada y me gusta respetar su intimidad, pero estoy deseando que me hable de él algún día.

Por la gran escalinata veo bajar a doña Pilar acompañada de su hija Mara. Todos los flashes se dirigen hacia ellas. Mara está guapa, aunque no es muy agraciada; tiene el pelo negro muy corto, a lo garçon, con la cara llena de granos y unas gafas que le dan un cierto aire intelectual. Lleva un vestido color rosa palo con escote de pico, que le favorece y unas sandalias con un poco de tacón. Es totalmente opuesta a su hermana Pitita, la una tan elegante y "comme il faut" para la ropa y la otra sin la más mínima preocupación por su vestimenta. Mara siempre ha parecido un chico, me extraña que hoy vaya con vestido; supongo que, a pesar de su rebeldía, ha accedido a las exigencias de su madre.

Bien, luego me acercaré a charlar un rato con ella, porque ahora es casi imposible, ya que todo el mundo se ha abalanzado sobre la pobrecita y apenas la dejan respirar. En fin, gajes del dinero, a mí nunca me dieron una fiesta de este tipo, pero tampoco tengo que aguantar estos empujones.

 Piluca pasa por mi lado y aprovecho para saludarla. Efectivamente, está muy bronceada, lleva una camiseta blanca con un gran escote de pico que permite ver su imponente busto, operado, por supuesto, y unos vaqueros hasta la rodilla. Las sandalias tienen por lo menos diez centímetros de tacón. El pelo largo y con mechas rubias lo tiene recogido con unas gafas de sol, que hacen las veces de diadema.

"Piluca, ¡cuánto tiempo sin verte!".

"Hola Selica, ¿qué tal estás?". Nos damos dos besos. Afortunadamente, se acuerda de mi nombre, llevo fatal eso de pasar varias horas de reportaje con una persona y que luego no recuerde ni cómo me llamo. Le hice una entrevista el año pasado en su casa de campo de Villanueva y se mostró muy amable, claro que necesitaba mucha publicidad porque acababa de abrir una tienda de moda en el barrio más caro y le interesaba portarse bien con la prensa.

"Ya ves, trabajando un rato ¿y tú, cómo te va la tienda?".

"Ay, genial. Es súper divertido ser empresaria. Todo es ajetreo, ir de un lado para otro sin parar, visitando las mejores pasarelas para tomar ideas, ya sabes, París, Milán, Nueva York..., además, Borja me ayuda mucho porque es súper comprensivo y cuando puede, deja su trabajo en el  banco para acompañarme en mis viajes".

"¿Y cómo te han ido las vacaciones?".

"De maravilla, estuvimos en las Bahamas y fue súper emocionante. Cuando quieras, te pasas por la tienda para contarte detalles y, de paso, te enseño las nuevas colecciones que tenemos preparadas para la primavera que viene. Van a ser súper llamativas".

"De acuerdo, esta semana que viene, si encuentro un hueco, me acercaré".

" Muy bien, te dejo, que tengo que hablar con Mara para felicitarla por lo súper elegante que va".

"Hasta la semana que viene". ¡Puff, si con todo el mundo fuera tan fácil como con ella!, le encanta hablar de sí misma, se cree el centro del universo, así que nunca pone reparos en contar su vida con pelos y señales.

Sigo avanzando entre la multitud, me apetece tomar algo sólido porque a base de vino blanco me voy a achispar, pero me cuesta trabajo acercarme a la barra que han instalado en una de las esquinas del salón principal.

Noto que alguien me coge del brazo y me vuelvo para ver de quién se trata.

"¿Qué tal Selica?".

"Hola Mario, ¡cuánto tiempo!".

"Sí, es verdad. Dijiste que vendrías a verme un día, pero no volviste a aparecer".

"Tienes razón, se me olvidó por completo, la semana que viene quedamos, si te parece, ahora estoy un poco liada".

"Como quieras, hasta luego".

Puff, qué mal lo he pasado. Mario ha sido muy frío conmigo, pero no se lo reprocho. Yo habría hecho lo mismo. Es una larga historia. Reconozco que lo utilicé, necesitaba que me diera una información y, cuando la conseguí, ya no volví a verle. No estoy orgullosa de ello, pero lo hice y ya no tiene solución.

 Veo que Mara está sola pidiendo una bebida en la barra, así que voy a aprovechar para saludarla.

"¿Qué tal Mara? Te veo muy guapa con ese vestido". Tengo que reconocer que me cae muy bien, creo que es la única persona normal de su casa. Su madre me parece demasiado estirada y su hermana Pitita, aunque es agradable, es un poco pija, pero Mara se parece a su padre, que falleció de cáncer hace unos años.

"Hola Selica, ¡cuánto tiempo sin verte!. No me hables del vestido, por favor, que se ha empeñado mi madre en que me lo ponga y por esta vez no me he atrevido a llevarle la contraria".

"Jajaja, ya me extrañaba a mí. Sí que hace tiempo que no nos vemos, la última vez que vine a entrevistar a tu madre estabas en Nueva York, por eso no coincidimos. Me tienes que contar qué tal por allí".

"Nada de especial, ya sabes, muy bullicioso, pero ideal para perderse sin que nadie te reconozca. Se puede pasar desapercibido sin ningún problema".

"Bueno, hablas de Nueva York como si todo el mundo lo conociéramos, pero piensa en los pobres mortales que no acostumbramos a cruzar el charco tan a menudo".

"Sí, perdona Selica, no quiero parecer pedante, pero es que he ido tantas veces, que no me parece nada excitante, lo encuentro algo normal".

"¿Y qué tal las clases?".

"Fatal, tengo una pelotera con mamá terrible. Quiero tomarme un año sabático, viajar a Nueva York, París Roma..., pero mamá está empeñada en que me vaya a estudiar a Londres, ¡menudo rollo!".

"Tampoco es tan grave, ¿no?".

"Es que todavía no sé muy bien qué es lo que quiero hacer. A estas alturas todavía no me he matriculado en nada porque no lo tengo muy claro. Yo quería estudiar arquitectura, pero antes necesito viajar".

"Y tu madre no quiere".

"Mi madre dice que eso son tonterías y que ya va siendo hora de que empiece a estudiar algo de provecho".

"Bueno, ya sabes cómo son las madres, pero seguro que te saldrás con la tuya al final".

"Oh, sí, ya lo sé, a mamá le gusta mucho discutir, pero, en el fondo, es una buenaza. Ya sabes: "perro ladrador, poco mordedor". 

Se acercan unos amigos.

"Vamos Mara, te estamos esperando".

"Ya voy, hasta luego Selica".

"Ya hablaremos, Mara. Que tengas suerte". Me despido de ella guiñándole un ojo. 

Estoy un poco cansada y no veo a Marisa por ninguna parte. Oigo unas carcajadas a lo lejos, es la despampanante amiga de Carlitos, está con Marisa, aprovecharé para acercarme y enterarme de algo más de ella.

"¿Qué tal Marisa?".

"Ah, hola Seli. No me vengas a decir que nos vamos ya, porque me lo estoy pasando en grande con Tania".

"Hola Tania, ¿cómo estás?, soy Selica, compañera de Marisa". Me presento yo sola, porque sé que la educación de Marisa es un tanto precaria. Nos damos dos besos.

"Mucho gusto mi amor". Habla con el deje típico de los dominicanos, es un acento bonito y suave. La verdad es que es una mujer preciosa, de tez morena, larga melena negra y ojos grandes y también negros. El cuerpazo quita el hipo, con la espalda al descubierto prácticamente gracias a la blusa de color naranja sujeta con unas tiras por detrás. No deja de tocarse el pelo, ni de gesticular con las manos, es un poco estresante mirarla. Entiendo a Pep, la niña no está mal, pero la considera una advenediza. Si el papá de Carlitos levantara la cabeza... En fin, son manías de Pep, a mí no me parece mal que cada uno sea feliz con quien quiera, mientras que no haga daño a los demás.

"Mi tierra sí que es un paraíso, hace una temperatura maravillosa, todo el año es verano, estoy deseando volver porque aquí hace mucho frío",

"Bueno, no exageres,  esta es una zona cálida. Estamos en octubre y tenemos 20 grados" contesto.

"Ya lo sé mi amolll, no te enfades, pero no me acostumbro a esta temperatura, le tengo que decir a Carlos que nos vayamos antes de que venga la Navidad a Punta Cana".

"¿A qué te dedicas?".

"Soy modelo".

"No te había visto nunca en ningún pase".

"Es que todavía no he trabajado mucho; sólo pases privados. Carlos está introduciéndome, presentándome a sus amigos y ya tengo contratados varios desfiles para un centro comercial".

"Muy interesante".

"Bueno Seli, no seas plasta y deja de atosigar a Tania". Marisa me interrumpe, como siempre. No me ha visto la mirada asesina que la he dirigido. Claro, ella hace sus fotos, y luego se dedica a divertirse, no se da cuenta de que mi trabajo implica hablar con los invitados y procurar enterarme lo máximo posible de sus vidas. Veo que coge del brazo a Tania y se la lleva a otra parte. Me quedo con un par de narices, claro. En fin. Sigo cansada y con ganas de irme, casi son las 12 y la Cenicienta se tiene que ir a casa. 

Alguien me toca en el hombro, cuando me doy la vuelta, veo a Mario. Parece más contento que antes, con un vaso de güisqui en la mano.

"Venga Seli, baila un rato conmigo".

Creo que está un poco bebido, porque suele ser bastante tímido y parece un tanto desinhibido.

"Estoy cansada, Mario".

"Por los viejos tiempos". Levanta su vaso para chocarlo contra el mío, pero se le resbala y se le cae al suelo, noto cómo algo frío me moja los pies. "Lo siento, no lo he hecho a propósito".

"Ya lo sé, no te preocupes; anda, ve a sentarte un poco mientras me limpio". Noto los pies pegajosos del güisqui. Afortunadamente, el servicio es impecable y han venido rápidamente a recoger los cristales y a limpiar el suelo.

"Vente conmigo arriba".

Mara me coge del brazo para llevarme a su baño.

"Te lo agradezco de veras, porque es un poco incómodo notar esa sensación tan extraña en los pies".

Me deja a solas en el baño para que me limpie, pero deja la puerta entreabierta y se sienta en su cama. "Ahhhh, mis piesssss, estoy cansadísima. Con lo cómodos que son los vaqueros y las deportivas".

"Ya  sabes, como dice mi madre, para presumir hay que sufrir", respondo.

"Sí, claro, para el que quiera presumir está bien, pero yo no quiero".

Salgo descalza del baño, con mis sandalias en la mano y me siento en un sillón enfrente de ella. Es una habitación bastante amplia, con una cama de matrimonio en medio y un amplio ventanal en la pared de la derecha.

"Mujer, no seas así, tampoco es tan grave arreglarse un poco de vez en cuando, y que se fijen los chicos en ti" le guiño un ojo.

"Mira, no me hables de eso, porque estoy hasta el gorro de mi madre. Creo que quiere emparentar con la Condesa de Soto de los infantes a mi costa, y no sabes lo plasta que es su hijo Rafita. Pufff".

"Hija qué expresiva, jajaja". Se ríe conmigo.

"¿Si te cuento algo lo dirás por ahí?". Cielos, la temida frase. Odio que me pregunten eso porque no puedo faltar a mi palabra. Si es que a veces pienso que yo no sirvo para este trabajo.

"Si no quieres que se sepa, no se sabrá. Ya sabes que yo no soy una chismosa, o, al menos, lo soy sólo en la justa medida, por aquello de que no me echen del trabajo y para justificar mi sueldo, vamos".

"Es que conocí a un chico en Nueva York, y me gusta mucho".

"¡Qué bien! ¿cuál es el problema?".

"Para mí no hay ningún problema. Es perfecto, maravilloso".

"Pero ¿cuál es el problema?".

"¿Por qué tiene que haber algún problema?".

"Porque si no, no lo tendrías en secreto y ya me habría enterado por tu madre, por tu hermana, o por cualquiera de tus amigas".

"¿Tan indiscretas son?".

"No, es que yo soy muy buena haciendo mi trabajo", me sonrojo un poco echándome esas flores, pero sé que soy bastante perspicaz.

"Bueno, pues sí, tienes razón, para mí no es un problema, pero para mi madre sí lo es, y muy grande, por eso no se lo he dicho todavía: es negro".

"¿Quién es negro?".

Mara y yo miramos asustadas a la puerta, en ese momento veo aparecer a Marisa.

"Decidme, ¿quién es negro?".

"Marisa, ¡qué susto nos has dado! ¿no te han enseñado a llamar a las puertas?". Estoy indignadísima. Mara guarda la compostura.

"La pregunta no es quién es negro sino qué es negro", contesta Mara con gran rapidez de reflejos. "Estamos hablando de los claroscuros de la pintura barroca".

"Ah, eso no me interesa nada en absoluto", contesta con desdén. "Vámonos ya Seli, estoy cansada".

"¿Y dónde has dejado a tu amiguita Tania?" contesto bastante enfadada, aunque es verdad que yo también estoy cansada y tengo ganas de dormir.

"Se ha ido ya, mañana tiene una sesión de fotos y quiere estar descansada".

Mara y yo nos levantamos, y nos dirigimos a la puerta.

"Bueno Mara, cuando quieras seguimos hablando de pintura, sabes que si me necesitas me puedes llamar", le digo mientras bajamos por las escaleras. Todavía hay un poco de bullicio en el salón.

"Hija, Seli, ni que fueras a posar de modelo para ella" contesta Marisa.

"Ella ya sabe por qué se lo digo. Despídenos de tu familia, por favor". Nos damos dos besos con mucho cariño, se despide también de Marisa con otros dos besos. No veo a Pep por ningún sitio, supongo que ya se habrá ido a acostar; qué pereza me da llevar a Marisa a su casa, con lo cansada que estoy, en fin, afortunadamente, mañana no tengo que madrugar: es el privilegio de ir a una fiesta de trabajo. Marisa está medio dormida, por lo que no tengo que preocuparme de darle conversación; los pensamientos se me entrecruzan Mario y su embriaguez, Mara y lo que me ha contado de, cómo llamarlo, su negro. No me extraña que no se atreva a decirle nada a su madre con lo racista que es Doña Pilar.

"Marisa, despierta, que ya estamos en tu casa".

"Gracias Seli, me ha venido bien que me trajeras porque he bebido demasiado. Hasta mañana".

"No te preocupes, hasta mañana, que descanses". A veces estrangularía a Marisa, pero otras veces me da tanta ternura. En fin, a la camita, que ya es hora, mañana, bueno hoy, será otro día.

 

Clásicos Populares

Impresionante el último programa y qué majestuoso final. No estoy acostumbrada a oír a mi Fernando Argenta, bueno, a no oírlo.
Conforme iba escuchándolo, se me iban saltando las lágrimas y se me llenaba el corazón de tristeza.
Quizá no tenía muy asimilado eso de que le iba a perder, de que iba a dejar de escuchar ese maravilloso programa como es Clásicos Populares.
Afortunadamente, como buena filoargentista, fui reconociendo una tras otra las melodías que iban sonando, Beethoven, Barber, Brahms, Mozart...
Y es que yo me considero una novata en esto de la música clásica, pero, gracias a ellos, a Araceli y a Fernando, he ido desarrollando mi oreja musical, ¡¡después de 25 años, que les llevo escuchando, ya era hora!!.
A mí, eso de que me dijeran que un director lo hacía mejor que otro, o que un cantante desafinaba un poquito en alguna nota, como que no, que yo hasta ahí no llegaba. Para mí todo estaba bien.
Pero una ya se sentía alguien cuando era capaz de recordar que la soprano puede ser ligera, dramática... y que tiene la voz más aguda que una mezzo o que una contralto.
Cuando era capaz de distinguir un concierto de una sinfonía, la voz de un tenor de la de un barítono...
En fin, poca cosa, en comparación con los grandes entendidos, pero un mundo, teniendo en cuenta la incultura que campea en nuestra sociedad.
Siempre me arrepentiré de no haber escrito más a menudo al programa, contarles cómo les quería, y cómo me enseñaban. Fue duro recordar la risa de Araceli cuando se marchó.
Os echaré mucho de menos, pero el cura pelirrojillo, el viejo peluca, el sordo genial, el esponjita o el niño de cristal siempre estarán conmigo.

Yo no me llamo José Luis

Yo no me llamo José Luis.

Pues a mí me parece muy bien que el señor Carod Rovira diga que no se llama José Luis, que se llama Josep Lluis, cada uno se llama como se quiere llamar y, si él, por tradición, está acostumbrado a llamarse así, por qué se va a llamar de otra manera.

Claro, que, en aras de la congruencia, habría que puntualizar unas cosas:

Pocos minutos antes, afirmaba que él llamaba a la Comunidad Valenciana como quería y que, por eso, decía País Valenciá porque, hasta ahí podíamos llegar, nadie podía obligarle a llamar a las cosas como él no quería hacerlo.

Sin embargo, arremetió contra el señor del tiempo de no sé qué cadena por llamar Comunidad Catalana a lo que él llama Cataluña, porque, según él, no existe eso de la Comunidad Catalana. En fin, si España está formada por diecisiete Comunidades Autónomas y dos Ciudades Autónomas, lo normal es que se hable de la Comunidad Valenciana, Cántabra, Castellano-Manchega, Catalana..., pero bueno, ese señor del tiempo no puede llamar a las cosas como él quiere, porque parece que eso es sólo privilegio del señor Carod Rovira.

Pues estamos buenos.

El otro día, en el programa “Tengo una pregunta para usted”, este señor demostró que tiene muchas tablas y nos dejó a todos con un palmo de narices, demostrando, en ocasiones, cordura y sensatez, porque, efectivamente, y estoy completamente de acuerdo con él, en un país plural, en el que pretendemos que haya cordialidad (buen rollito) entre todos, no puede llegar una señora, con ese menosprecio, diciendo que ella no tiene ni el más mínimo interés en hablar catalán, porque, aunque lo piense una gran mayoría entre la que me incluyo (porque sí, lo reconozco, a estas alturas, una no está para meter en el coco tantos idiomas y, parece que el inglés es más práctico), pero, repito, aunque se piense, no se pueden ir diciendo esas cosas, porque, por educación, uno se las calla, ya que se corre el riesgo de ofender a otros paisanos, con los mismos derechos que nosotros que, además tienen otro idioma co-oficial en su territorio o comunidad.

Desgraciadamente, las tablas del señor Carod contrastaron con la inexperiencia de los invitados, que no supieron responder a las preguntas que él les planteaba, porque, si un eminente médico inglés viene a España a practicar la medicina, no creo que se le rechace por no hablar español, como él decía. Y, si tenemos en cuenta que el castellano es idioma co-oficial en Cataluña, no entiendo la obligatoriedad de tener que hablar ambos para poder ejercer una profesión. Siento que ellos mismos se cierren las puertas a grandes profesionales que no hablan catalán, por los motivos que sea, no todo el mundo tiene facilidad para los idiomas.

Otro rasgo de sensatez fue el reconocer su culpa o desacierto por burlarse de símbolos cristianos, como hizo en aquella infausta ocasión.

Y uno más, cuando habló de optar a la autodeterminación a través de un referéndum y no mediante la violencia (si dijo que él no había pactado con ETA la exclusión del territorio catalán de sus atentados, pues tendremos que demostrar buena fe y creerle, porque los de ETA no nos lo van a contar).

Claro, que habrá que ver si se pone de acuerdo en la composición del censo electoral. ¿Quiénes votan? ¿los catalanes de pura cepa? no sé si tendrá que ser la sangre de un RH especial que demuestre eso, ¿todos los empadronados en Cataluña y que han tenido derecho a votar en otras elecciones, incluso los que se apellidan Martínez, Fernández...?, porque les puede salir el tiro por la culata y a ver entonces cómo justifican su existencia como partido nacionalista.

De todas formas, yo, que no vivo en Cataluña, me pregunto si tanto interesa al ciudadano catalán todo eso, o prefiere que no se les hundan los barrios, les funcionen los trenes de cercanías...

Por cierto, una pequeña puntualización, señor Carod Rovira (sin guión) no nos llegó usted a explicar por qué escribe ambos apellidos con guión, pero, en el caso de que usted se apellide Carod por su padre y Rovira por su madre, legalmente, no se debe escribir con guión porque, ya digo, eso es por ley, que no sé si a usted le importará mucho, no se pueden mezclar las ramas paterna y materna, otra cosa sería que sus hijos sí quisieran ponerle el guión, ya que, en ese caso, no mezclarían ninguna línea.

En fin, que el señor Carod Rovira resultó entretenido e inteligente en algunas de sus contestaciones, y, además, tuvo la gran suerte de contar con la inexperiencia, nerviosismo... de sus interlocutores para los casos en los que sus argumentos fueron un tanto inconsistentes.

Pitita

Abro un ojo, son las 9,15. Me levanto sobresaltada. “¡Dios mío, qué tarde es!”. De repente me viene a la cabeza que he quedado con Sasha a las 10,30 y todavía no sé de qué va a tratar mi artículo.

Por suerte, Sasha es un tío genial, alto, atractivo, de unos 50 años de edad. Un ucraniano buenorro, vamos. Siempre me está hablando de su Kiev natal y, cómo no, de su Dnieper (o Dnipro, como lo llaman los ucranianos). Al principio, me costó un poco de trabajo entenderle, su español era un tanto pobre, pero estoy impresionada con lo rápidamente que ha aprendido a hablarlo. Me imagino yo intentando hablar su lengua y me pongo mala sólo de pensarlo.

En fin, tengo que darme prisa si no quiero llegar tarde porque, aunque Sasha sea un tío genial, también tiene un fuerte carácter y no tengo ganas de que se moleste por mi tardanza. Sabe que no me gusta hacer esperar a la gente y, sé que a él no le gusta esperar.

Apesar de la hora, todavíapuedo permitirme el lujo de tomar mis cereales y mi piña sentada tranquilamente enla cocina, viendo el mar a lo lejos.

Realmente, tuve suerte con la casa. Todavía no es mía por completo, me faltan bastantes años para ello, de momento, es del banco, pero algún día acabaréde pagarmi dichosa hipoteca. Fue una ocasión que sólo se presenta una vez en la vida, así que no la quise desaprovechar. Afortunadamente, la revista me deja pasar todos los gastos de transporte y comidas, así que eso complementami sueldo.

Bien, una ducha rápida y ya estoy lista. Todavía hace calor en la playa, así que, aunque estamos a punto de comenzar octubre me puedo poner algo de manga corta. Un día de estos me iré de tiendas para actualizar un poco mi vestuario, porque tengo ropa a la que se le podría hacer la prueba del carbono 14 de lo vieja que es.

En fin, a ver si este fin de semana próximo encuentro un hueco y la revista no me manda a ninguno de esos cócteles aburridos.

Sasha me recibe con los brazos abiertos, imagino que piensa que ya tengo escrito el artículo que me encargó, y no me atrevo a decirle la verdad, así que prefiero no tocar el tema, a ver si ocurre un milagro y algo viene a distraerle. El milagro ocurre. Marisa entra acalorada en el despacho, los dos nos quedamos mirándola un poco extrañados.

“¡Ya está!, ¡la boda secreta es un secreto a voces, todo el mundo habla de ella menos nosotros!”. Sasha y yo nos miramos más extrañados aún porque seguimos sin saber de qué está hablando.

“¿Que de qué estoy hablando? ¿querréis decir de quiénes estoy hablando?

Pues de Pitita y Pedro Mari. ¿No recordáis lo acaramelados que aparecieron en aquella fiesta de despedida de la primavera?”

Lo detesto. Odio sacar los trapos sucios de la gente. Estudié periodismo pensando en ser una gran corresponsal política, o de guerra o qué sé yo, pero se me presentó mi oportunidad en esta revista del corazón y eso de dedicarme a husmear en la vida de los demás me pone mala. Aun así, callo y le sigo la corriente porque está en juego mi puesto de trabajo y mi hipoteca.

“Im-presionante” dice Sasha. “¿Cómo se habrán enterado los demás? Llevamos siguiéndoles día y noche y hasta casi podría decirse que hemos acampado a la puerta de sus casas. Bueno, chicas, no nos desanimemos, no teníamos todavía ninguna portada preparada. Selica, lo siento por ti, porque no dudo de que el artículo que traías era maravilloso, pero la actualidad manda”.

Le miro con cara de enfado por aquello de disimular, pero por dentro pienso “si tú supieras...”

Así que nos tenemos que poner manos a la obra. En momentos cruciales como éste, todo el personal de la revista, incluida yo, tiene un único objetivo: conseguir información como sea. Ese como sea abarca todo, aunque yo procuro quedarme un poco al margen, Sasha lo sabe, pero nunca dice nada.

Normalmente, mi aportación a la revista no incluye entrar a degüello; eso de la bazofia no va conmigo. Yo dirijo una sección de belleza, hogar... por lo general, hago entrevistas a personajes de la jet para que me cuenten sus trucos, todo muy “light”, nada ofensivo. Sin embargo, en la última reunión que tuve con Sasha, me indicó sutilmente que tenía que ser más incisiva con mis maripilis, como yo las llamo “el morbo vende, hija mía, y aquí estamos para vender” (sic).

Bien, ¿por dónde empiezo? Reviso mi agenda, tengo buenos contactos. La gente confía en mí porque sabe que yo no soy como los demás y eso de la carnaza no me va; no me gusta defraudarles, pero a veces... En fin, llamaré a mi amigo Pepiño que siempre está enterado de todo, de paso, le preguntaré cómo le va con su último acompañante.

Pepiño es un sarasa (como a él le gusta hacerse llamar, eso de maricón le parece una ordinariez) encantador. Se ha criado en una de las mejores familias de España, de rancio abolengo y todas esas cosas. Creo que en sus antepasados hubo alguna vez un marquesado o algo por el estilo, pero a él tampoco le gusta mucho hablar de eso porque me parece que tuvo problemas de herencias y prefiere no recordarlo, como es amigo mío nunca toco el tema para no molestarle.

Pepiño se presenta puntual, impecable, como siempre, a nuestra cita, en la cafetería del Círculo de la Música, con su traje de verano color ocre a juego con la corbata, se diría que va a un cóctel. Nunca se niega a mi llamada y, por eso me aprovecho, aunque sé que él también disfruta conmigo; en el fondo, creo que no le importaría que yo hubiera sido su nuera, en el hipotético caso de que hubiera tenido un hijo, claro.

“Hola cielo, ¿qué sorpressa oírte en el teléfono?”

“Hola Pep, te veo muy feliz, ya me contarás por qué, pero antes, vamos a tomar un café porque estoy desfallecida, invito yo, por supuesto”.

“Bueno, querida, ya sabess que invito yo, porque en essa “Lo que quieress que haga” no pagan mucho”.

“Dios mío, pasarán años y no te enterarás de cómo se llama mi revista, no tiene un nombre tan complicado, es: “Lo que te interesa”, a mí me parece original, ¿no crees?”

“Sí, hija, lo que tú digasss, pero original es una forma muy fina de decir que es un nombre es-pan-to-so. Doss caféss con leche y doss tosstadass, por favor”.

Pep es genial, pero no puede evitar un pequeño ramalazo a veces: esas eses sibilantes...

“¿Qué me cuentass mona? Porque supongo que no me habráss llamado sólo para verme?”.

“Jo, ¡cómo eres! No soy tan interesada, ¿o sí lo soy?”.

“Sí hija, sí, y mucho”.

“Bueno, sabes que estoy liadísima, pero siempre encuentro alguna disculpa para verte un rato”.

“Ya”, asiente poco convencido con la cabeza. “¿Sabess que ayer estuve con Pitita y Pedro Mari?”.

Abro los ojos de par en par, “¿qué me dices? ¿están saliendo?” (pregunto eso por aquello de disimular y que no sea tan evidente que le estoy utilizando. Ayy, qué mal lo paso intentando engañar a un amigo), “cuenta, cuenta”.

“Puess sí, me extraña que no te hayass enterado porque es vox populi; de hecho, vimoss una manada, porque no se le puede llamar otra cosa, de fotógrafoss que nos siguieron durante un trecho hasta que llegamoss al resstaurante “La Maison du Laurence” a comer, qué esspanto Dios mío”.

“¿El restaurante?, pero si me han dicho que es maravilloso, carísimo, eso sí, pero que se come como un rey”.

“Sí, doy fe de ambass cosass. No, cielo, no; me refiero a que era espantosso vernoss rodeadoss por essa nube de fotógrafoss; a pessar de miss cincuenta añoss nunca me acosstumbraré”, me guiña un ojo. Pepiño se quedó en los cincuenta hace unos diez años, pero la verdad es que se conserva estupendamente, así que quienes no le conocen mucho, piensan que de verdad tiene esa edad.

“Te diré un secretillo, je, je, la gente se piensa que se han cassado en las Bahamass y elloss se parten de la rissa, jajajaja, ¿no te parece graciosso?”.

“¿Y se han casado?”.

“¡Ay! ¡cómo eress, monina! ¿Tú creess que la gente va aquí te pillo aquí te mato? Ya les gusstaría, ya, a todoss esoss indesseabless que less persiguen y no less dejan ni a sol ni a sombra, pero no, se llevan muy bien, se conocen dessde niñoss y no te digo yo que algún día...” me guiña un ojo traviesamente “pero de momento, ná de ná , menuda es doña Pilar, la madre de Pitita, si se entera de que su hija se cassa en las Bahamass por cualquiera de esoss ritoss que ahora están tan de moda, se muere del sussto y, que te quede bien claro, la desshereda ipso facto, y no esstán lass cossass como para perder una herencia, te lo digo yo, que de esso sé mucho. Pitita no tiene un pelo de tonta y Pedro Mari tampoco. Por cierto, essta noche Pitita da una pequeña fiessta en su cassa de campo para celebrar la entrada del otoño, ¿te apetecería venir conmigo? ”.

Me quedo como si me hubiera dado un pasmo, no me lo puedo creer, voy a estar al lado de la pareja del momento y sin tener que engañar a nadie para conseguirlo.

“Tendré que rebuscar en mi armario, ya sabes que es un tanto precario”.

“Uy mona, si tú con cualquier trapito que te poness vass divina”.

Noto cómo me ruborizo, nunca acabo de acostumbrarme a sus galanterías.

“Necesitass un buen fondo de armario, pero para esso esstoy yo, no en balde fui nombrado como “el hombre más elegante del año” por la mejor revista de Paris”. Este último nombre lo pronuncia con su exquisito acento parisino.

“Está bien, cualquier día salimos de tiendas, pero no te pases porque ya sabes que mi presupuesto es bastante limitado”.

“Te recojo a las seiss y buscamoss algún trapito, ¿d’accord?”.

“D’accord”.

“Alors, á bientôt, ma cherie”.

“Á bientôt, mon choux”.

Me da dos cariñosos besos en las mejillas y se aleja por la calle Mayor con su elegante porte, yo me dirijo a la redacción dando un paseo, no está muy lejos y me viene bien andar un poco para hacer ejercicio, no tengo ganas de ponerme como una foca, porque, con tanta fiestecita no puedo evitar comer demasiado, pero es que ¡está todo tan rico!. Nunca he ido a ninguna fiesta de Pitita, aunque sí he entrevistado a su madre, Doña Pilar, una vez; fue amable, pero un tanto distante. En fin, cuando se entere Sasha de lo que sé espero que me suba el sueldo lo suficiente como para poder pagarme las compras de esta tarde.

“Marisa irá contigo a la fiesta, tú no tienes la experiencia necesaria como para colarte por la casa y husmear, te conozco muy bien”.

“Pero Sasha, si es una invitación particular que me hace un buen amigo, yo no puedo llevar a ningún invitado por mi cuenta y riesgo, ¡si ni los conozco siquiera!”

“Bobadas, Selica, ese amigo tuyo comosellame lo entenderá perfectamente y os puede presentar a las dos como amigas suyas”.

“No me hagas esto Sasha, que me da una vergüenza terrible”.

“No, no quiero discutir más sobre el asunto, esta tarde te vas de compras con tu amigo ese”.

“Pepiño”.

“Pues eso, con Pepiño; te compras lo que se te antoje, con cargo a la revista, por supuesto, y luego te pasas a recoger a Marisa para ir las dos juntas. Le diré que se lleve su cámara fotográfica. ¡Un bombazo, esto va a ser un bombazo!”.

Mientras dice esto, Sasha se frota las manos con cara de placer y yo me quedo con tres palmos de narices.

Para qué habré dicho nada, ¡qué tonta he sido!, veo cómo Sasha se aleja para buscar a Marisa y darle la gran noticia, yo me quedo meditabunda sentada en mi silla.

Miro mi ordenador con cara de pocos amigos, tengo que llamar a Pepiño para contárselo, claro, no me puedo presentar con Marisa en la fiesta sin que él lo sepa.

“Pep, por favor, no te enfades conmigo, pero tengo una cosa que decirte muy importante”.

“No me assusstess, cielo, dime lo que te passa”.

“Pues queeee, verás, es queeee se me ha ocurrido mencionarle a Sasha lo de la invitación tuya y me ha dicho que es una gran ocasión que no podemos dejar pasar, en fin, ya sabes cómo son los jefes en estas cosas”

No sabía cómo continuar, no me atrevía a decirle que era un imposición de Sasha.

“Total, que me ha dicho que te pregunte si te importaría que viniera Marisa conmigo”.

“Ah, ni hablar, no me fío de esa arpía”.

“Por favor, Pep, no seas así, no es tan mala chica”.

“Pero querida, siempre me hass hablado fatal de ella y me hass dicho que no tiene alma”.

“Bueno, quizá he exagerado un poco, la verdad. El caso es que Sasha me ha puesto en un apuro terrible y no puedo negarme. Por supuesto, le he dicho que yo no pintaba nada y que eras tú el que me había invitado a mí, pero me ha insistido tantooo”.

“En fin, no te preocupess cariño, no es tan terrible la cossa, no quiero hacerte quedar mal con tu jefe, pero sin fotoss, no tengo ganass de que todo salga en las revisstass, es una fiessta privada, a la que iremoss unoss pocoss invitadoss solamente”.

“Eres un sol Pep, gracias por no enfadarte, te aseguro que te compensaré”.

“Recuerda, a las seiss passo a busscarte para comprar algo. À bientôt ma petite”.

“À bientôt mon ami”.

Puff, cuelgo el teléfono nerviosa, no sé cómo conseguir que Marisa no haga fotos; sí que es una arpía, tiene razón Pep, así que no va a querer perder la ocasión para explayarse con todos los invitados, tengo que pensar en algo para no hacer quedar mal a Pep. En fin, veré qué se me ocurre.

Me voy a comer para despejarme un rato. Podría acercarme en el coche a casa, porque vivo en un pueblecito de pescadores cercano, pero, normalmente, me da pereza ir a casa y volver por la tarde a la revista porque me entra una modorra terrible y no puedo perder el tiempo echándome una siestecita, así que me tomo cualquier cosa en la cafetería que está en la esquina para no me entretenerme mucho.

A las seis en punto llega Pep como un clavo, ya hace un rato que he apagado el ordenador y he ultimado los detalles con Marisa. Sobre las nueve iré a buscarla (¿y si no voy a buscarla?, quita quita, es capaz de presentarse por todo el morro en la fiesta y reclamar mi presencia), se llevará una pequeña cámara, muy discreta, para que no se note que está haciendo fotos, se perderá entre los invitados para no hacerme quedar mal. Tendré que decírselo antes a Pep, porque no quiero que se levante por la mañana siendo portada de la revista, entonces me mataría y, lo que es peor para mí, perdería su amistad.

“Hola cielo, ¿te veo un poco demacrada? ¿Qué te ocurre ma chérie?”

“Nada, no es nada. Es que siento meterte en complicaciones. Tú me habías invitado con toda tu buena intención a una fiesta particular y yo te impongo la presencia de alguien que no nos cae bien ni a ti ni a mí y, lo que es peor, tiene previsto hacer alguna que otra foto”.

Digo esto último mirando al suelo, intentando ocultar la mirada, no sé cómo va a sentarle a Pep. Me voy poniendo roja por momentos.

“¿Cómo dicess cielo?”.

“Pues eso” sigo mirando al suelo, parezco un niño pequeño, moviendo un pie de un lado para otro, arrastrándolo por el suelo, me voy a estropear el zapato con el roce, “que, aunque le he dicho que es una fiesta privada y que dé gracias a Dios porque ella va a ir también, insiste en llevarse su cámara de fotos, eso sí, dice que lo hará discretamente, para no llamar la atención”.

“Muy bien, claro, y assí apareceremos en todass lass portadass mañana”.

“Bueno, todas no, sólo sería en nuestra revista”.

“No me seass cínica niña, sabess de sobra a qué me refiero”.

“Perdona, Pep”. Noto cómo afloran las lágrimas a mis ojos. Decididamente, no valgo para esto. “Te aseguro que yo no quería. Llegué presumiendo a la revista porque pensé que sería una buena idea hacer un pequeño reportaje sobre la fiesta, pero no pensé en que, en mi trabajo, no vale sólo con contarlo, hay que hacer fotos. Claro, que si voy a la fiesta sin decir nada y después se entera mi jefe, se iba a poner echo una fiera”.

“Tieness razón, cielo, quizá no sea culpa tuya, al fin y al cabo, tú eress una professional y te debess a tu trabajo. Esstá bien, le diré a Pitita que, para evitar tantass especulacioness me he tomado la libertad de llamar a una amiga para que haga un pequeño reportaje sobre la fiessta y aclaren su situación. Ayer, comiendo en el restaurante, comentamoss que era mejor poner en claro todo cuanto antes, porque elloss no son gente de exclussivass, ni mucho menoss, tienen dinero suficiente como para vivir holgadamente y no necessitan vender su vida privada a nadie”.

“Me quitas un gran peso de encima, Pep, sabes que no soy mala persona y no sirvo para engañar, menos aún a un gran amigo como tú”.

“Lo sé, cielo, anda, sécate essoss preciossoss ojoss y vámonoss de comprass”.

“Invita la revista”.

“Mejor que mejor, porque less va a cosstar como si pagaran una exclussiva”.

“No te pases, Pep”.

“Querida, hay que saber gasstarsse el dinero, si no, ¿para qué te sirve?”.

“Es que no es mío”.

“Como si lo fuera”.

Nunca me lo había pasado tan bien en mi vida yendo de tiendas, ni me había imaginado que la ropa pudiera ser tan cara. Me probé faldas, vestidos, blusas, pantalones... con unas telas maravillosas, pero, lo que más me chocó es que todo era muy sencillo, elegante y discreto. Aproveché también para comprarme varios pares de zapatos y bolsos a juego.

“Querida, Loewe siempre será Loewe” sentenció Pep y se despidió de mí hasta las nueve.

El mar nunca se cansa, se acerca y se aleja de la playa, una y otra vez, su ruido es ensordecedor. El agua está un poco gris, el sol va cayendo poco a poco; en el horizonte se ven los rayos anaranjados y rojizos que desgarran el cielo. Por suerte, todavía hace calor, hará un día perfecto para una fiesta al aire libre.

Me pongo mi escotado vestido malva, para lucir el moreno que todavía conservo, y mi chal. Dejo para el último momento los zapatos porque no soporto los tacones “Ideal, esstoss zapatoss con tacón de aguja te van perfectoss”. Puf, ¡como Pep no se los tiene que poner! no se imagina lo insoportables que son para mí, pero bueno, como dice mi madre, para presumir hay que sufrir, así que aguantaré toda la noche con los dichosos tacones.

Paso a recoger a Marisa. Además de ir a una fiesta a la que no ha sido invitada tiene un morro que se lo pisa: me hace ir a buscarla porque ella no tiene confianza con Pep y no se atreve a presentarse sola con su coche, así que, a la vuelta, tendré que llevarla de nuevo a su casa. En fin, por suerte, Pep es puntual y nos espera en la puerta del jardín, delante de la barrera de guardaespaldas y de fotógrafos. Ha corrido la voz de que hay una fiesta y todo el mundo quiere hacer fotos de la pareja del momento. Nuestros compañeros ven que los guardaespaldas nos dejan entrar y nos hacen señas para que les contemos algún cotilleo, prefiero no mirarles.

En el jardín han colocado varias mesas redondas, con alegres manteles de colores. Sobre ellos, unos platos con viandas y unos vasos vacíos. Ninguna silla, presiento que mis zapatos me van a jugar una mala pasada. Menos mal que no todo es césped, porque noto cómo se me van hundiendo los tacones entre la tierra así que procuro andar sobre las baldosas. Tengo que serenarme, parezco una novata, nerviosa y sin saber qué hacer, sin embargo, Marisa se comporta como si fuera la reina del mambo, saluda a todo el mundo, parece que los conoce de toda la vida.

Veo a lo lejos a Pedro Mari, muy elegante, con unos vaqueros de marca y una camisa, está hablando con los padres de Pitita, pero no la veo a ella.

De repente, todo el mundo dirige su mirada hacia la casa, aparece una Pitita radiante, está preciosa con un elegante vestido blanco ad lib, el pelo medio rizado suelto sobre los hombros.

“Ven cariño, voy a pressentarte”, Pep me coge de un brazo, siento cómo me aprieta un poco para reconfortarme.

“Ma chérie, ça va bien? Tu es merveilleuse!”, Pep la hace girar sobre sí misma y Pitita le sonríe abiertamente, mostrando su impecable dentadura blanca.

“Pep, tan galante y encantador como siempre! ¿no has traído a Paul?

“¡Uy!, no me habless ess una larga hisstoria, ya te contaré. Mira, te presento a una buena amiga mía, Selica”.

“Encantada. Me suena tu cara”.

“Sí, puede ser porque una vez entrevisté a tu madre”.

Veo cómo se le dibuja una mueca de disgusto.

“¡Oh, no, ma chérie. Selica no es de éssas!. Ess amiga mía, una buena amiga”. Me coge la mano con ternura.

“Trabajo en la revista “Lo que te interesa”, tengo una sección de belleza y entrevisté a tu madre porque queríamos que nos hablara de vuestro precioso jardín. Me estuvo contando cómo cuida sus maravillosas rosas, las variedades de rosales que tenéis en el jardín: trepadores, colgantes; me habló de sus rosas Harlequín, Berenice... fue muy didáctico e instructivo, la verdad. Acabé encantada, aunque no me preguntes cuál es cuál, porque ya no lo recuerdo”.

“Ja ja ja, sí, mi madre puede ser un tanto, digamos exhaustiva, en sus explicaciones sobre las rosas. Es un tema que le apasiona”.

De repente, oímos un pequeño grito. Miramos sobresaltados hacia la piscina, de donde ha provenido, y vemos una persona dentro del agua, con el pelo empapado sobre la cara. Me parece reconocer a Marisa. Es Marisa.

“Pep, es Marisa” le susurro. Veo por el rabillo del ojo una mueca de desagrado en su cara.

Nos acercamos a la piscina a ver qué ha pasado. Marisa sube por la escalera a duras penas, con sus zapatos de tacón; parece todo un poema, el pelo chorreando sobre la cara, el vestido trasparentándose pegado a su cuerpo... Un grupo de curiosos está a su lado preguntándole si se encuentra bien. Tiene un humor de perros. Llegamos hasta ella.

“Marisa, ¿qué te ha pasado?”.

“¿Que qué me ha pasado? ¡es evidente lo que me ha pasado!” me grita sin ningún pudor “¡que me he caído a la piscina!”.

“No, si eso ya lo veo, pero ¿por qué? ¿qué has hecho?”. Nos quedamos los tres solos, porque en ese preciso instante la gente se acerca a las mesas donde han empezado a servir aperitivos calientes. “Pues quería hacer unas fotos desde todos los ángulos, y pensé que se vería preciosa la iluminación de la piscina y los mosaicos del fondo, pero me acerqué demasiado y perdí el equilibrio por culpa de estos malditos tacones. Por desgracia, la cámara ha quedado empapada y se me ha estropeado. Vámonos porque yo no puedo continuar en estas condiciones, voy a pillar un resfriado terrible. Atchísss”.

“Qué dicess, monina, nada de esso. Essta niña se queda aquí. Te pedimoss un taxi y punto”.

Pitita se acerca a nosotros para ver si hay algún problema, pero Pep la tranquiliza.

Pocos minutos más tarde, un taxi aparece. La puerta de entrada se abre para dejar salir a Marisa, los fotógrafos que esperan todavía, se abalanzan sobre ella haciéndole fotos. Le hago un guiño a Pep: “No hay mal que por bien no venga mon cher, mañana, Marisa saldrá en primera plana de las revistas con ese horrible aspecto y nosotros no tendremos que dar cuenta a nadie de la fiesta”.

“En esstass ocassioness ess cuando máss me convenzo de que Dioss ess bueno”, y, cogiéndome cariñosamente del brazo, nos dirigimos a tomar algo.