Abro un ojo, son las 9,15. Me levanto sobresaltada. “¡Dios mío, qué tarde es!”. De repente me viene a la cabeza que he quedado con Sasha a las 10,30 y todavía no sé de qué va a tratar mi artículo.

Por suerte, Sasha es un tío genial, alto, atractivo, de unos 50 años de edad. Un ucraniano buenorro, vamos. Siempre me está hablando de su Kiev natal y, cómo no, de su Dnieper (o Dnipro, como lo llaman los ucranianos). Al principio, me costó un poco de trabajo entenderle, su español era un tanto pobre, pero estoy impresionada con lo rápidamente que ha aprendido a hablarlo. Me imagino yo intentando hablar su lengua y me pongo mala sólo de pensarlo.

En fin, tengo que darme prisa si no quiero llegar tarde porque, aunque Sasha sea un tío genial, también tiene un fuerte carácter y no tengo ganas de que se moleste por mi tardanza. Sabe que no me gusta hacer esperar a la gente y, sé que a él no le gusta esperar.

Apesar de la hora, todavíapuedo permitirme el lujo de tomar mis cereales y mi piña sentada tranquilamente enla cocina, viendo el mar a lo lejos.

Realmente, tuve suerte con la casa. Todavía no es mía por completo, me faltan bastantes años para ello, de momento, es del banco, pero algún día acabaréde pagarmi dichosa hipoteca. Fue una ocasión que sólo se presenta una vez en la vida, así que no la quise desaprovechar. Afortunadamente, la revista me deja pasar todos los gastos de transporte y comidas, así que eso complementami sueldo.

Bien, una ducha rápida y ya estoy lista. Todavía hace calor en la playa, así que, aunque estamos a punto de comenzar octubre me puedo poner algo de manga corta. Un día de estos me iré de tiendas para actualizar un poco mi vestuario, porque tengo ropa a la que se le podría hacer la prueba del carbono 14 de lo vieja que es.

En fin, a ver si este fin de semana próximo encuentro un hueco y la revista no me manda a ninguno de esos cócteles aburridos.

Sasha me recibe con los brazos abiertos, imagino que piensa que ya tengo escrito el artículo que me encargó, y no me atrevo a decirle la verdad, así que prefiero no tocar el tema, a ver si ocurre un milagro y algo viene a distraerle. El milagro ocurre. Marisa entra acalorada en el despacho, los dos nos quedamos mirándola un poco extrañados.

“¡Ya está!, ¡la boda secreta es un secreto a voces, todo el mundo habla de ella menos nosotros!”. Sasha y yo nos miramos más extrañados aún porque seguimos sin saber de qué está hablando.

“¿Que de qué estoy hablando? ¿querréis decir de quiénes estoy hablando?

Pues de Pitita y Pedro Mari. ¿No recordáis lo acaramelados que aparecieron en aquella fiesta de despedida de la primavera?”

Lo detesto. Odio sacar los trapos sucios de la gente. Estudié periodismo pensando en ser una gran corresponsal política, o de guerra o qué sé yo, pero se me presentó mi oportunidad en esta revista del corazón y eso de dedicarme a husmear en la vida de los demás me pone mala. Aun así, callo y le sigo la corriente porque está en juego mi puesto de trabajo y mi hipoteca.

“Im-presionante” dice Sasha. “¿Cómo se habrán enterado los demás? Llevamos siguiéndoles día y noche y hasta casi podría decirse que hemos acampado a la puerta de sus casas. Bueno, chicas, no nos desanimemos, no teníamos todavía ninguna portada preparada. Selica, lo siento por ti, porque no dudo de que el artículo que traías era maravilloso, pero la actualidad manda”.

Le miro con cara de enfado por aquello de disimular, pero por dentro pienso “si tú supieras...”

Así que nos tenemos que poner manos a la obra. En momentos cruciales como éste, todo el personal de la revista, incluida yo, tiene un único objetivo: conseguir información como sea. Ese como sea abarca todo, aunque yo procuro quedarme un poco al margen, Sasha lo sabe, pero nunca dice nada.

Normalmente, mi aportación a la revista no incluye entrar a degüello; eso de la bazofia no va conmigo. Yo dirijo una sección de belleza, hogar... por lo general, hago entrevistas a personajes de la jet para que me cuenten sus trucos, todo muy “light”, nada ofensivo. Sin embargo, en la última reunión que tuve con Sasha, me indicó sutilmente que tenía que ser más incisiva con mis maripilis, como yo las llamo “el morbo vende, hija mía, y aquí estamos para vender” (sic).

Bien, ¿por dónde empiezo? Reviso mi agenda, tengo buenos contactos. La gente confía en mí porque sabe que yo no soy como los demás y eso de la carnaza no me va; no me gusta defraudarles, pero a veces... En fin, llamaré a mi amigo Pepiño que siempre está enterado de todo, de paso, le preguntaré cómo le va con su último acompañante.

Pepiño es un sarasa (como a él le gusta hacerse llamar, eso de maricón le parece una ordinariez) encantador. Se ha criado en una de las mejores familias de España, de rancio abolengo y todas esas cosas. Creo que en sus antepasados hubo alguna vez un marquesado o algo por el estilo, pero a él tampoco le gusta mucho hablar de eso porque me parece que tuvo problemas de herencias y prefiere no recordarlo, como es amigo mío nunca toco el tema para no molestarle.

Pepiño se presenta puntual, impecable, como siempre, a nuestra cita, en la cafetería del Círculo de la Música, con su traje de verano color ocre a juego con la corbata, se diría que va a un cóctel. Nunca se niega a mi llamada y, por eso me aprovecho, aunque sé que él también disfruta conmigo; en el fondo, creo que no le importaría que yo hubiera sido su nuera, en el hipotético caso de que hubiera tenido un hijo, claro.

“Hola cielo, ¿qué sorpressa oírte en el teléfono?”

“Hola Pep, te veo muy feliz, ya me contarás por qué, pero antes, vamos a tomar un café porque estoy desfallecida, invito yo, por supuesto”.

“Bueno, querida, ya sabess que invito yo, porque en essa “Lo que quieress que haga” no pagan mucho”.

“Dios mío, pasarán años y no te enterarás de cómo se llama mi revista, no tiene un nombre tan complicado, es: “Lo que te interesa”, a mí me parece original, ¿no crees?”

“Sí, hija, lo que tú digasss, pero original es una forma muy fina de decir que es un nombre es-pan-to-so. Doss caféss con leche y doss tosstadass, por favor”.

Pep es genial, pero no puede evitar un pequeño ramalazo a veces: esas eses sibilantes...

“¿Qué me cuentass mona? Porque supongo que no me habráss llamado sólo para verme?”.

“Jo, ¡cómo eres! No soy tan interesada, ¿o sí lo soy?”.

“Sí hija, sí, y mucho”.

“Bueno, sabes que estoy liadísima, pero siempre encuentro alguna disculpa para verte un rato”.

“Ya”, asiente poco convencido con la cabeza. “¿Sabess que ayer estuve con Pitita y Pedro Mari?”.

Abro los ojos de par en par, “¿qué me dices? ¿están saliendo?” (pregunto eso por aquello de disimular y que no sea tan evidente que le estoy utilizando. Ayy, qué mal lo paso intentando engañar a un amigo), “cuenta, cuenta”.

“Puess sí, me extraña que no te hayass enterado porque es vox populi; de hecho, vimoss una manada, porque no se le puede llamar otra cosa, de fotógrafoss que nos siguieron durante un trecho hasta que llegamoss al resstaurante “La Maison du Laurence” a comer, qué esspanto Dios mío”.

“¿El restaurante?, pero si me han dicho que es maravilloso, carísimo, eso sí, pero que se come como un rey”.

“Sí, doy fe de ambass cosass. No, cielo, no; me refiero a que era espantosso vernoss rodeadoss por essa nube de fotógrafoss; a pessar de miss cincuenta añoss nunca me acosstumbraré”, me guiña un ojo. Pepiño se quedó en los cincuenta hace unos diez años, pero la verdad es que se conserva estupendamente, así que quienes no le conocen mucho, piensan que de verdad tiene esa edad.

“Te diré un secretillo, je, je, la gente se piensa que se han cassado en las Bahamass y elloss se parten de la rissa, jajajaja, ¿no te parece graciosso?”.

“¿Y se han casado?”.

“¡Ay! ¡cómo eress, monina! ¿Tú creess que la gente va aquí te pillo aquí te mato? Ya les gusstaría, ya, a todoss esoss indesseabless que less persiguen y no less dejan ni a sol ni a sombra, pero no, se llevan muy bien, se conocen dessde niñoss y no te digo yo que algún día...” me guiña un ojo traviesamente “pero de momento, ná de ná , menuda es doña Pilar, la madre de Pitita, si se entera de que su hija se cassa en las Bahamass por cualquiera de esoss ritoss que ahora están tan de moda, se muere del sussto y, que te quede bien claro, la desshereda ipso facto, y no esstán lass cossass como para perder una herencia, te lo digo yo, que de esso sé mucho. Pitita no tiene un pelo de tonta y Pedro Mari tampoco. Por cierto, essta noche Pitita da una pequeña fiessta en su cassa de campo para celebrar la entrada del otoño, ¿te apetecería venir conmigo? ”.

Me quedo como si me hubiera dado un pasmo, no me lo puedo creer, voy a estar al lado de la pareja del momento y sin tener que engañar a nadie para conseguirlo.

“Tendré que rebuscar en mi armario, ya sabes que es un tanto precario”.

“Uy mona, si tú con cualquier trapito que te poness vass divina”.

Noto cómo me ruborizo, nunca acabo de acostumbrarme a sus galanterías.

“Necesitass un buen fondo de armario, pero para esso esstoy yo, no en balde fui nombrado como “el hombre más elegante del año” por la mejor revista de Paris”. Este último nombre lo pronuncia con su exquisito acento parisino.

“Está bien, cualquier día salimos de tiendas, pero no te pases porque ya sabes que mi presupuesto es bastante limitado”.

“Te recojo a las seiss y buscamoss algún trapito, ¿d’accord?”.

“D’accord”.

“Alors, á bientôt, ma cherie”.

“Á bientôt, mon choux”.

Me da dos cariñosos besos en las mejillas y se aleja por la calle Mayor con su elegante porte, yo me dirijo a la redacción dando un paseo, no está muy lejos y me viene bien andar un poco para hacer ejercicio, no tengo ganas de ponerme como una foca, porque, con tanta fiestecita no puedo evitar comer demasiado, pero es que ¡está todo tan rico!. Nunca he ido a ninguna fiesta de Pitita, aunque sí he entrevistado a su madre, Doña Pilar, una vez; fue amable, pero un tanto distante. En fin, cuando se entere Sasha de lo que sé espero que me suba el sueldo lo suficiente como para poder pagarme las compras de esta tarde.

“Marisa irá contigo a la fiesta, tú no tienes la experiencia necesaria como para colarte por la casa y husmear, te conozco muy bien”.

“Pero Sasha, si es una invitación particular que me hace un buen amigo, yo no puedo llevar a ningún invitado por mi cuenta y riesgo, ¡si ni los conozco siquiera!”

“Bobadas, Selica, ese amigo tuyo comosellame lo entenderá perfectamente y os puede presentar a las dos como amigas suyas”.

“No me hagas esto Sasha, que me da una vergüenza terrible”.

“No, no quiero discutir más sobre el asunto, esta tarde te vas de compras con tu amigo ese”.

“Pepiño”.

“Pues eso, con Pepiño; te compras lo que se te antoje, con cargo a la revista, por supuesto, y luego te pasas a recoger a Marisa para ir las dos juntas. Le diré que se lleve su cámara fotográfica. ¡Un bombazo, esto va a ser un bombazo!”.

Mientras dice esto, Sasha se frota las manos con cara de placer y yo me quedo con tres palmos de narices.

Para qué habré dicho nada, ¡qué tonta he sido!, veo cómo Sasha se aleja para buscar a Marisa y darle la gran noticia, yo me quedo meditabunda sentada en mi silla.

Miro mi ordenador con cara de pocos amigos, tengo que llamar a Pepiño para contárselo, claro, no me puedo presentar con Marisa en la fiesta sin que él lo sepa.

“Pep, por favor, no te enfades conmigo, pero tengo una cosa que decirte muy importante”.

“No me assusstess, cielo, dime lo que te passa”.

“Pues queeee, verás, es queeee se me ha ocurrido mencionarle a Sasha lo de la invitación tuya y me ha dicho que es una gran ocasión que no podemos dejar pasar, en fin, ya sabes cómo son los jefes en estas cosas”

No sabía cómo continuar, no me atrevía a decirle que era un imposición de Sasha.

“Total, que me ha dicho que te pregunte si te importaría que viniera Marisa conmigo”.

“Ah, ni hablar, no me fío de esa arpía”.

“Por favor, Pep, no seas así, no es tan mala chica”.

“Pero querida, siempre me hass hablado fatal de ella y me hass dicho que no tiene alma”.

“Bueno, quizá he exagerado un poco, la verdad. El caso es que Sasha me ha puesto en un apuro terrible y no puedo negarme. Por supuesto, le he dicho que yo no pintaba nada y que eras tú el que me había invitado a mí, pero me ha insistido tantooo”.

“En fin, no te preocupess cariño, no es tan terrible la cossa, no quiero hacerte quedar mal con tu jefe, pero sin fotoss, no tengo ganass de que todo salga en las revisstass, es una fiessta privada, a la que iremoss unoss pocoss invitadoss solamente”.

“Eres un sol Pep, gracias por no enfadarte, te aseguro que te compensaré”.

“Recuerda, a las seiss passo a busscarte para comprar algo. À bientôt ma petite”.

“À bientôt mon ami”.

Puff, cuelgo el teléfono nerviosa, no sé cómo conseguir que Marisa no haga fotos; sí que es una arpía, tiene razón Pep, así que no va a querer perder la ocasión para explayarse con todos los invitados, tengo que pensar en algo para no hacer quedar mal a Pep. En fin, veré qué se me ocurre.

Me voy a comer para despejarme un rato. Podría acercarme en el coche a casa, porque vivo en un pueblecito de pescadores cercano, pero, normalmente, me da pereza ir a casa y volver por la tarde a la revista porque me entra una modorra terrible y no puedo perder el tiempo echándome una siestecita, así que me tomo cualquier cosa en la cafetería que está en la esquina para no me entretenerme mucho.

A las seis en punto llega Pep como un clavo, ya hace un rato que he apagado el ordenador y he ultimado los detalles con Marisa. Sobre las nueve iré a buscarla (¿y si no voy a buscarla?, quita quita, es capaz de presentarse por todo el morro en la fiesta y reclamar mi presencia), se llevará una pequeña cámara, muy discreta, para que no se note que está haciendo fotos, se perderá entre los invitados para no hacerme quedar mal. Tendré que decírselo antes a Pep, porque no quiero que se levante por la mañana siendo portada de la revista, entonces me mataría y, lo que es peor para mí, perdería su amistad.

“Hola cielo, ¿te veo un poco demacrada? ¿Qué te ocurre ma chérie?”

“Nada, no es nada. Es que siento meterte en complicaciones. Tú me habías invitado con toda tu buena intención a una fiesta particular y yo te impongo la presencia de alguien que no nos cae bien ni a ti ni a mí y, lo que es peor, tiene previsto hacer alguna que otra foto”.

Digo esto último mirando al suelo, intentando ocultar la mirada, no sé cómo va a sentarle a Pep. Me voy poniendo roja por momentos.

“¿Cómo dicess cielo?”.

“Pues eso” sigo mirando al suelo, parezco un niño pequeño, moviendo un pie de un lado para otro, arrastrándolo por el suelo, me voy a estropear el zapato con el roce, “que, aunque le he dicho que es una fiesta privada y que dé gracias a Dios porque ella va a ir también, insiste en llevarse su cámara de fotos, eso sí, dice que lo hará discretamente, para no llamar la atención”.

“Muy bien, claro, y assí apareceremos en todass lass portadass mañana”.

“Bueno, todas no, sólo sería en nuestra revista”.

“No me seass cínica niña, sabess de sobra a qué me refiero”.

“Perdona, Pep”. Noto cómo afloran las lágrimas a mis ojos. Decididamente, no valgo para esto. “Te aseguro que yo no quería. Llegué presumiendo a la revista porque pensé que sería una buena idea hacer un pequeño reportaje sobre la fiesta, pero no pensé en que, en mi trabajo, no vale sólo con contarlo, hay que hacer fotos. Claro, que si voy a la fiesta sin decir nada y después se entera mi jefe, se iba a poner echo una fiera”.

“Tieness razón, cielo, quizá no sea culpa tuya, al fin y al cabo, tú eress una professional y te debess a tu trabajo. Esstá bien, le diré a Pitita que, para evitar tantass especulacioness me he tomado la libertad de llamar a una amiga para que haga un pequeño reportaje sobre la fiessta y aclaren su situación. Ayer, comiendo en el restaurante, comentamoss que era mejor poner en claro todo cuanto antes, porque elloss no son gente de exclussivass, ni mucho menoss, tienen dinero suficiente como para vivir holgadamente y no necessitan vender su vida privada a nadie”.

“Me quitas un gran peso de encima, Pep, sabes que no soy mala persona y no sirvo para engañar, menos aún a un gran amigo como tú”.

“Lo sé, cielo, anda, sécate essoss preciossoss ojoss y vámonoss de comprass”.

“Invita la revista”.

“Mejor que mejor, porque less va a cosstar como si pagaran una exclussiva”.

“No te pases, Pep”.

“Querida, hay que saber gasstarsse el dinero, si no, ¿para qué te sirve?”.

“Es que no es mío”.

“Como si lo fuera”.

Nunca me lo había pasado tan bien en mi vida yendo de tiendas, ni me había imaginado que la ropa pudiera ser tan cara. Me probé faldas, vestidos, blusas, pantalones... con unas telas maravillosas, pero, lo que más me chocó es que todo era muy sencillo, elegante y discreto. Aproveché también para comprarme varios pares de zapatos y bolsos a juego.

“Querida, Loewe siempre será Loewe” sentenció Pep y se despidió de mí hasta las nueve.

El mar nunca se cansa, se acerca y se aleja de la playa, una y otra vez, su ruido es ensordecedor. El agua está un poco gris, el sol va cayendo poco a poco; en el horizonte se ven los rayos anaranjados y rojizos que desgarran el cielo. Por suerte, todavía hace calor, hará un día perfecto para una fiesta al aire libre.

Me pongo mi escotado vestido malva, para lucir el moreno que todavía conservo, y mi chal. Dejo para el último momento los zapatos porque no soporto los tacones “Ideal, esstoss zapatoss con tacón de aguja te van perfectoss”. Puf, ¡como Pep no se los tiene que poner! no se imagina lo insoportables que son para mí, pero bueno, como dice mi madre, para presumir hay que sufrir, así que aguantaré toda la noche con los dichosos tacones.

Paso a recoger a Marisa. Además de ir a una fiesta a la que no ha sido invitada tiene un morro que se lo pisa: me hace ir a buscarla porque ella no tiene confianza con Pep y no se atreve a presentarse sola con su coche, así que, a la vuelta, tendré que llevarla de nuevo a su casa. En fin, por suerte, Pep es puntual y nos espera en la puerta del jardín, delante de la barrera de guardaespaldas y de fotógrafos. Ha corrido la voz de que hay una fiesta y todo el mundo quiere hacer fotos de la pareja del momento. Nuestros compañeros ven que los guardaespaldas nos dejan entrar y nos hacen señas para que les contemos algún cotilleo, prefiero no mirarles.

En el jardín han colocado varias mesas redondas, con alegres manteles de colores. Sobre ellos, unos platos con viandas y unos vasos vacíos. Ninguna silla, presiento que mis zapatos me van a jugar una mala pasada. Menos mal que no todo es césped, porque noto cómo se me van hundiendo los tacones entre la tierra así que procuro andar sobre las baldosas. Tengo que serenarme, parezco una novata, nerviosa y sin saber qué hacer, sin embargo, Marisa se comporta como si fuera la reina del mambo, saluda a todo el mundo, parece que los conoce de toda la vida.

Veo a lo lejos a Pedro Mari, muy elegante, con unos vaqueros de marca y una camisa, está hablando con los padres de Pitita, pero no la veo a ella.

De repente, todo el mundo dirige su mirada hacia la casa, aparece una Pitita radiante, está preciosa con un elegante vestido blanco ad lib, el pelo medio rizado suelto sobre los hombros.

“Ven cariño, voy a pressentarte”, Pep me coge de un brazo, siento cómo me aprieta un poco para reconfortarme.

“Ma chérie, ça va bien? Tu es merveilleuse!”, Pep la hace girar sobre sí misma y Pitita le sonríe abiertamente, mostrando su impecable dentadura blanca.

“Pep, tan galante y encantador como siempre! ¿no has traído a Paul?

“¡Uy!, no me habless ess una larga hisstoria, ya te contaré. Mira, te presento a una buena amiga mía, Selica”.

“Encantada. Me suena tu cara”.

“Sí, puede ser porque una vez entrevisté a tu madre”.

Veo cómo se le dibuja una mueca de disgusto.

“¡Oh, no, ma chérie. Selica no es de éssas!. Ess amiga mía, una buena amiga”. Me coge la mano con ternura.

“Trabajo en la revista “Lo que te interesa”, tengo una sección de belleza y entrevisté a tu madre porque queríamos que nos hablara de vuestro precioso jardín. Me estuvo contando cómo cuida sus maravillosas rosas, las variedades de rosales que tenéis en el jardín: trepadores, colgantes; me habló de sus rosas Harlequín, Berenice... fue muy didáctico e instructivo, la verdad. Acabé encantada, aunque no me preguntes cuál es cuál, porque ya no lo recuerdo”.

“Ja ja ja, sí, mi madre puede ser un tanto, digamos exhaustiva, en sus explicaciones sobre las rosas. Es un tema que le apasiona”.

De repente, oímos un pequeño grito. Miramos sobresaltados hacia la piscina, de donde ha provenido, y vemos una persona dentro del agua, con el pelo empapado sobre la cara. Me parece reconocer a Marisa. Es Marisa.

“Pep, es Marisa” le susurro. Veo por el rabillo del ojo una mueca de desagrado en su cara.

Nos acercamos a la piscina a ver qué ha pasado. Marisa sube por la escalera a duras penas, con sus zapatos de tacón; parece todo un poema, el pelo chorreando sobre la cara, el vestido trasparentándose pegado a su cuerpo... Un grupo de curiosos está a su lado preguntándole si se encuentra bien. Tiene un humor de perros. Llegamos hasta ella.

“Marisa, ¿qué te ha pasado?”.

“¿Que qué me ha pasado? ¡es evidente lo que me ha pasado!” me grita sin ningún pudor “¡que me he caído a la piscina!”.

“No, si eso ya lo veo, pero ¿por qué? ¿qué has hecho?”. Nos quedamos los tres solos, porque en ese preciso instante la gente se acerca a las mesas donde han empezado a servir aperitivos calientes. “Pues quería hacer unas fotos desde todos los ángulos, y pensé que se vería preciosa la iluminación de la piscina y los mosaicos del fondo, pero me acerqué demasiado y perdí el equilibrio por culpa de estos malditos tacones. Por desgracia, la cámara ha quedado empapada y se me ha estropeado. Vámonos porque yo no puedo continuar en estas condiciones, voy a pillar un resfriado terrible. Atchísss”.

“Qué dicess, monina, nada de esso. Essta niña se queda aquí. Te pedimoss un taxi y punto”.

Pitita se acerca a nosotros para ver si hay algún problema, pero Pep la tranquiliza.

Pocos minutos más tarde, un taxi aparece. La puerta de entrada se abre para dejar salir a Marisa, los fotógrafos que esperan todavía, se abalanzan sobre ella haciéndole fotos. Le hago un guiño a Pep: “No hay mal que por bien no venga mon cher, mañana, Marisa saldrá en primera plana de las revistas con ese horrible aspecto y nosotros no tendremos que dar cuenta a nadie de la fiesta”.

“En esstass ocassioness ess cuando máss me convenzo de que Dioss ess bueno”, y, cogiéndome cariñosamente del brazo, nos dirigimos a tomar algo.