Impresionante el último programa y qué majestuoso final. No estoy acostumbrada a oír a mi Fernando Argenta, bueno, a no oírlo.
Conforme iba escuchándolo, se me iban saltando las lágrimas y se me llenaba el corazón de tristeza.
Quizá no tenía muy asimilado eso de que le iba a perder, de que iba a dejar de escuchar ese maravilloso programa como es Clásicos Populares.
Afortunadamente, como buena filoargentista, fui reconociendo una tras otra las melodías que iban sonando, Beethoven, Barber, Brahms, Mozart...
Y es que yo me considero una novata en esto de la música clásica, pero, gracias a ellos, a Araceli y a Fernando, he ido desarrollando mi oreja musical, ¡¡después de 25 años, que les llevo escuchando, ya era hora!!.
A mí, eso de que me dijeran que un director lo hacía mejor que otro, o que un cantante desafinaba un poquito en alguna nota, como que no, que yo hasta ahí no llegaba. Para mí todo estaba bien.
Pero una ya se sentía alguien cuando era capaz de recordar que la soprano puede ser ligera, dramática... y que tiene la voz más aguda que una mezzo o que una contralto.
Cuando era capaz de distinguir un concierto de una sinfonía, la voz de un tenor de la de un barítono...
En fin, poca cosa, en comparación con los grandes entendidos, pero un mundo, teniendo en cuenta la incultura que campea en nuestra sociedad.
Siempre me arrepentiré de no haber escrito más a menudo al programa, contarles cómo les quería, y cómo me enseñaban. Fue duro recordar la risa de Araceli cuando se marchó.
Os echaré mucho de menos, pero el cura pelirrojillo, el viejo peluca, el sordo genial, el esponjita o el niño de cristal siempre estarán conmigo.