¡Qué pereza! Estoy medio recostada en el sofá, escuchando cómo la lluvia repiquetea sobre el cristal del comedor mientras pienso en lo poco que me apetece salir a la calle. Son las ocho de la tarde y a las nueve y media tengo la fiesta de presentación en sociedad de Mara, la hermana pequeña de Pitita. Acaba de cumplir 18 años y doña Pilar lo quiere celebrar por todo lo alto, con una gran fiesta a la que acudirán unos cincuenta invitados; que no se me olvide coger mi acreditación.
Con este tiempo tan infernal no tengo ganas de arreglarme mucho, pero no quiero ser una vaga, porque luego me encuentro con todo el mundo muy puesto y paso una vergüenza terrible. Empezando por mi compañera Marisa. Seguro que se llevará cualquier cosa despampanante y provocativa, le gusta llamar la atención. Es muy resultona y lo sabe, así que se aprovecha, claro, luego pasa lo que pasa, que yo a su lado parezco la hermana pobre, la Cenicienta. Espero que esta vez no sea como siempre.
¡Arriba!, me voy a levantar porque si no, al final me quedaré dormida. Voy a mi habitación a ver qué tengo en el armario que pueda ponerme.
Viendo el interior de mi armario cualquiera se daría cuenta de lo metódica y ordenada que soy: lo he dividido en dos, por un lado, digamos que la ropa de trabajo, muy cómoda y funcional, y, por otro, la de las "ocasiones señaladas", como yo las llamo. Hoy toca la de las ocasiones señaladas. No hace frío, pero no me apetece llevar manga corta, así que me pondré unos pantalones anchos y muy ligeros de color ocre, una blusa abotonada, ceñida, verde botella, que es un color que me favorece mucho a la cara y estas sandalias de cristales de Swarowsky con algo de tacón, a juego con el bolso. Antes de nada, voy a darme una ducha.
A las 9, mientras estoy en mis pensamientos vistiéndome, suena el móvil. Es Marisa que quiere que la recoja con el coche porque el suyo no le arranca. ¡Qué pesada es!, seguro que sólo es una excusa para no conducir y no gastar gasolina. ¡Con lo a gusto que voy yo sola en mi coche, pudiendo volverme a la hora que me apetezca! En fin, no me entretendré porque, al final, se me hará tarde.
Está esperándome donde hemos quedado ¿qué decía yo?, pues eso, provocativa como siempre. Lleva un corpiño ceñidísimo al cuerpo, de color turquesa, con los hombros descubiertos (me está entrando frío sólo de verla) y una ajustada y cortísima falda negra. Los tacones son de quitar el hipo, claro, me consuela pensar que es más bajita que yo. Jeje, a pesar de sus tacones, sigo siendo más alta. Paro el coche y abre la puerta.
"Estoy desfallecida, Selica. ¿Te puedes creer que apenas he tenido tiempo de vestirme? Me he puesto lo primero que he encontrado en el armario, de verdad, te juro que necesito un café. Para donde puedas y me tomo uno." Mientras me dice esto, da caladas a su cigarro metiendo la cabeza en mi coche.
"Marisa, sabes de sobra que no me gusta que se fume dentro del coche, me molesta mucho el olor del tabaco."
"Pero si apenas se nota".
"Ni hablar, o te lo fumas fuera o lo tiras, pero dentro no te metes con el cigarro".
"Está bien, ya lo apago". Con su desparpajo habitual, lo tira al suelo, pisándolo con el pie. "¿Ya estás contenta? ¡hija, qué exagerada eres, no me puedo creer que notes el olor!". Se mete en el coche a regañadientes
"Soy yo la que no se puede creer que tú no lo notes. Por cierto, de parar a tomar un café, nada, que llegamos tarde. En la fiesta te pides un copazo, si quieres, para ponerte a tono, pero yo no quiero entretenerme por tu culpa".
"¡Ay hija, qué antipática estás!".
Cambia la emisora que yo traía, poniendo la música a todo meter. Lo que suena me gusta, pero me habría parecido más educado que me hubiera pedido permiso para cambiarlo. En fin, con ella no se puede, es así y así hay que aceptarla.
Llegamos a la puerta de la residencia de doña Pilar; como siempre, montones de curiosos y de fotógrafos, que no tienen acreditación, esperan a la entrada. La verdad es que somos privilegiadas, porque no todo el mundo consigue ser invitado a determinadas fiestas, pero, afortunadamente, nuestra revista tiene muy buenas relaciones y no nos suelen poner el veto, de momento.
Como siempre, cuando vamos a este tipo de eventos, Marisa se pierde entre los invitados, así que supongo que no la volveré a ver, hasta que necesite que la lleve a su casa. Mejor para mí, ella se dedica a hacer las fotos, para eso es muy buena, y yo haré mi trabajo: entrevistaré a algún conocido y recogeré sus impresiones sobre la fiesta. Nada fuera de lo normal, la verdad. Me iré apuntando en mi libreta los nombres de todos los famosos, porque luego si se me olvida alguno, se molesta. No sería la primera vez que llaman a la revista muy indignados porque no ven aparecer su nombre en mi reportaje, lo cual, por una parte, me halaga, porque demuestra que leen lo que escribo.
"¡Qué maravilla, cuánto bueno veo por aquí, ma chérie!". Su voz es inconfundible, me doy la vuelta y veo a un Pepiño radiante, con un impecable traje gris clarito y una camisa negra, sin corbata.
"¡Pep, qué sorpresa!, no sabía si vendrías".
"¡Qué cossass tieness monina! ¿cómo no voy a venir a un sarao de ésstoss?, ¡con lo que a mí me gusstan!".
"Tienes razón, si tú eres el alma".
"Bueno, bueno, no exageress tanto querida. ¿Quieress que te traiga una copita de algo?".
"Un vino, por favor".
Veo cómo Pep se aleja hacia la otra punta del gran salón. Normalmente, doña Pilar da las fiestas en su precioso jardín, en verano; pero, cuando empieza a refrescar o, como es el caso de hoy, llueve, abre las puertas de su casa y nos permite que nos movamos por la planta baja con toda libertad. Tiene una mansión preciosa, con unos 200 metros cuadrados por planta. En el piso de arriba están las cinco habitaciones, cada una con su cuarto de baño y, en la planta baja, una gran cocina, la habitación de servicio, dos baños y dos salones descomunales, con unas grandes arañas en el centro; parecen más grandes aún porque han retirado los muebles para que no molesten, apenas han dejado unas sillas. En el fondo de uno de ellos se ve una pequeña orquesta tocando música suave. Es una casa muy desahogada y sin apreturas; vamos, la mía, a su lado, parece una casita de muñecas; claro que mi padre no fue socio de uno de los bancos más importantes del país, ni mi madre hija de un marqués.
Mientras repaso la ascendencia de doña Pilar, se me acerca Pep con dos copas de vino Diamante.
"¿Y qué me cuentass de nuevo, querida?".
"Poca cosa, Pep. Mi vida es tan monótona como siempre. Ahora hablaré con alguno de los invitados. Tú que estás muy enterado de lo que se cuece en este mundillo ¿con quién me recomiendas que hable?".
"Puess mira allí esstá Piluca con su nuevo acompañante. La vess tan bronceada porque acaba de venir de un viaje a lass Bahamass; pero se comenta que no fue todo lo bien que essperaban porque se cruzó una nativa moníssima de larga melena morena, aunque todo son habladuríass, ya sabess cómo es la gente. Por otra parte, también ha venido el conde de Esspinossa, con una dominicana de 25 añoss, a la que dobla la edad; máss que elegante, yo diría que ess moderna, con suss pantaloness vaqueross rotoss, medio dessnuda y demassiada gomina en el pelo, cossa que ya no es tan fashion. Supongo que ella le hará revivir al conde suss añoss locoss en Paríss cuando su santa madre, que Dioss tenga en su gloria, me llamaba por teléfono preocupadíssima por lass juergass que se corría el niño. Máss de una vez me hizo ir a Paríss para hablar con los gendarmess y evitarle assí dormir en la cárcel. Me llevaba muy bien con Carlitoss, porque era algo máss joven que yo y veía en mí la figura de un hermano mayor. Pero ya ha passado mucho de esso, eran otross tiemposs".
"Te pones nostálgico Pep. Voy a ver si puedo hablar con ellos, ahora nos vemos".
"Que te vaya bien, cielo".
Mientras me alejo, pienso en Pep, en la vida tan excitante que ha vivido. No me atrevo a preguntarle por Paul, su último acompañante, porque él no me ha contado todavía nada y me gusta respetar su intimidad, pero estoy deseando que me hable de él algún día.
Por la gran escalinata veo bajar a doña Pilar acompañada de su hija Mara. Todos los flashes se dirigen hacia ellas. Mara está guapa, aunque no es muy agraciada; tiene el pelo negro muy corto, a lo garçon, con la cara llena de granos y unas gafas que le dan un cierto aire intelectual. Lleva un vestido color rosa palo con escote de pico, que le favorece y unas sandalias con un poco de tacón. Es totalmente opuesta a su hermana Pitita, la una tan elegante y "comme il faut" para la ropa y la otra sin la más mínima preocupación por su vestimenta. Mara siempre ha parecido un chico, me extraña que hoy vaya con vestido; supongo que, a pesar de su rebeldía, ha accedido a las exigencias de su madre.
Bien, luego me acercaré a charlar un rato con ella, porque ahora es casi imposible, ya que todo el mundo se ha abalanzado sobre la pobrecita y apenas la dejan respirar. En fin, gajes del dinero, a mí nunca me dieron una fiesta de este tipo, pero tampoco tengo que aguantar estos empujones.
Piluca pasa por mi lado y aprovecho para saludarla. Efectivamente, está muy bronceada, lleva una camiseta blanca con un gran escote de pico que permite ver su imponente busto, operado, por supuesto, y unos vaqueros hasta la rodilla. Las sandalias tienen por lo menos diez centímetros de tacón. El pelo largo y con mechas rubias lo tiene recogido con unas gafas de sol, que hacen las veces de diadema.
"Piluca, ¡cuánto tiempo sin verte!".
"Hola Selica, ¿qué tal estás?". Nos damos dos besos. Afortunadamente, se acuerda de mi nombre, llevo fatal eso de pasar varias horas de reportaje con una persona y que luego no recuerde ni cómo me llamo. Le hice una entrevista el año pasado en su casa de campo de Villanueva y se mostró muy amable, claro que necesitaba mucha publicidad porque acababa de abrir una tienda de moda en el barrio más caro y le interesaba portarse bien con la prensa.
"Ya ves, trabajando un rato ¿y tú, cómo te va la tienda?".
"Ay, genial. Es súper divertido ser empresaria. Todo es ajetreo, ir de un lado para otro sin parar, visitando las mejores pasarelas para tomar ideas, ya sabes, París, Milán, Nueva York..., además, Borja me ayuda mucho porque es súper comprensivo y cuando puede, deja su trabajo en el banco para acompañarme en mis viajes".
"¿Y cómo te han ido las vacaciones?".
"De maravilla, estuvimos en las Bahamas y fue súper emocionante. Cuando quieras, te pasas por la tienda para contarte detalles y, de paso, te enseño las nuevas colecciones que tenemos preparadas para la primavera que viene. Van a ser súper llamativas".
"De acuerdo, esta semana que viene, si encuentro un hueco, me acercaré".
" Muy bien, te dejo, que tengo que hablar con Mara para felicitarla por lo súper elegante que va".
"Hasta la semana que viene". ¡Puff, si con todo el mundo fuera tan fácil como con ella!, le encanta hablar de sí misma, se cree el centro del universo, así que nunca pone reparos en contar su vida con pelos y señales.
Sigo avanzando entre la multitud, me apetece tomar algo sólido porque a base de vino blanco me voy a achispar, pero me cuesta trabajo acercarme a la barra que han instalado en una de las esquinas del salón principal.
Noto que alguien me coge del brazo y me vuelvo para ver de quién se trata.
"¿Qué tal Selica?".
"Hola Mario, ¡cuánto tiempo!".
"Sí, es verdad. Dijiste que vendrías a verme un día, pero no volviste a aparecer".
"Tienes razón, se me olvidó por completo, la semana que viene quedamos, si te parece, ahora estoy un poco liada".
"Como quieras, hasta luego".
Puff, qué mal lo he pasado. Mario ha sido muy frío conmigo, pero no se lo reprocho. Yo habría hecho lo mismo. Es una larga historia. Reconozco que lo utilicé, necesitaba que me diera una información y, cuando la conseguí, ya no volví a verle. No estoy orgullosa de ello, pero lo hice y ya no tiene solución.
Veo que Mara está sola pidiendo una bebida en la barra, así que voy a aprovechar para saludarla.
"¿Qué tal Mara? Te veo muy guapa con ese vestido". Tengo que reconocer que me cae muy bien, creo que es la única persona normal de su casa. Su madre me parece demasiado estirada y su hermana Pitita, aunque es agradable, es un poco pija, pero Mara se parece a su padre, que falleció de cáncer hace unos años.
"Hola Selica, ¡cuánto tiempo sin verte!. No me hables del vestido, por favor, que se ha empeñado mi madre en que me lo ponga y por esta vez no me he atrevido a llevarle la contraria".
"Jajaja, ya me extrañaba a mí. Sí que hace tiempo que no nos vemos, la última vez que vine a entrevistar a tu madre estabas en Nueva York, por eso no coincidimos. Me tienes que contar qué tal por allí".
"Nada de especial, ya sabes, muy bullicioso, pero ideal para perderse sin que nadie te reconozca. Se puede pasar desapercibido sin ningún problema".
"Bueno, hablas de Nueva York como si todo el mundo lo conociéramos, pero piensa en los pobres mortales que no acostumbramos a cruzar el charco tan a menudo".
"Sí, perdona Selica, no quiero parecer pedante, pero es que he ido tantas veces, que no me parece nada excitante, lo encuentro algo normal".
"¿Y qué tal las clases?".
"Fatal, tengo una pelotera con mamá terrible. Quiero tomarme un año sabático, viajar a Nueva York, París Roma..., pero mamá está empeñada en que me vaya a estudiar a Londres, ¡menudo rollo!".
"Tampoco es tan grave, ¿no?".
"Es que todavía no sé muy bien qué es lo que quiero hacer. A estas alturas todavía no me he matriculado en nada porque no lo tengo muy claro. Yo quería estudiar arquitectura, pero antes necesito viajar".
"Y tu madre no quiere".
"Mi madre dice que eso son tonterías y que ya va siendo hora de que empiece a estudiar algo de provecho".
"Bueno, ya sabes cómo son las madres, pero seguro que te saldrás con la tuya al final".
"Oh, sí, ya lo sé, a mamá le gusta mucho discutir, pero, en el fondo, es una buenaza. Ya sabes: "perro ladrador, poco mordedor".
Se acercan unos amigos.
"Vamos Mara, te estamos esperando".
"Ya voy, hasta luego Selica".
"Ya hablaremos, Mara. Que tengas suerte". Me despido de ella guiñándole un ojo.
Estoy un poco cansada y no veo a Marisa por ninguna parte. Oigo unas carcajadas a lo lejos, es la despampanante amiga de Carlitos, está con Marisa, aprovecharé para acercarme y enterarme de algo más de ella.
"¿Qué tal Marisa?".
"Ah, hola Seli. No me vengas a decir que nos vamos ya, porque me lo estoy pasando en grande con Tania".
"Hola Tania, ¿cómo estás?, soy Selica, compañera de Marisa". Me presento yo sola, porque sé que la educación de Marisa es un tanto precaria. Nos damos dos besos.
"Mucho gusto mi amor". Habla con el deje típico de los dominicanos, es un acento bonito y suave. La verdad es que es una mujer preciosa, de tez morena, larga melena negra y ojos grandes y también negros. El cuerpazo quita el hipo, con la espalda al descubierto prácticamente gracias a la blusa de color naranja sujeta con unas tiras por detrás. No deja de tocarse el pelo, ni de gesticular con las manos, es un poco estresante mirarla. Entiendo a Pep, la niña no está mal, pero la considera una advenediza. Si el papá de Carlitos levantara la cabeza... En fin, son manías de Pep, a mí no me parece mal que cada uno sea feliz con quien quiera, mientras que no haga daño a los demás.
"Mi tierra sí que es un paraíso, hace una temperatura maravillosa, todo el año es verano, estoy deseando volver porque aquí hace mucho frío",
"Bueno, no exageres, esta es una zona cálida. Estamos en octubre y tenemos 20 grados" contesto.
"Ya lo sé mi amolll, no te enfades, pero no me acostumbro a esta temperatura, le tengo que decir a Carlos que nos vayamos antes de que venga la Navidad a Punta Cana".
"¿A qué te dedicas?".
"Soy modelo".
"No te había visto nunca en ningún pase".
"Es que todavía no he trabajado mucho; sólo pases privados. Carlos está introduciéndome, presentándome a sus amigos y ya tengo contratados varios desfiles para un centro comercial".
"Muy interesante".
"Bueno Seli, no seas plasta y deja de atosigar a Tania". Marisa me interrumpe, como siempre. No me ha visto la mirada asesina que la he dirigido. Claro, ella hace sus fotos, y luego se dedica a divertirse, no se da cuenta de que mi trabajo implica hablar con los invitados y procurar enterarme lo máximo posible de sus vidas. Veo que coge del brazo a Tania y se la lleva a otra parte. Me quedo con un par de narices, claro. En fin. Sigo cansada y con ganas de irme, casi son las 12 y la Cenicienta se tiene que ir a casa.
Alguien me toca en el hombro, cuando me doy la vuelta, veo a Mario. Parece más contento que antes, con un vaso de güisqui en la mano.
"Venga Seli, baila un rato conmigo".
Creo que está un poco bebido, porque suele ser bastante tímido y parece un tanto desinhibido.
"Estoy cansada, Mario".
"Por los viejos tiempos". Levanta su vaso para chocarlo contra el mío, pero se le resbala y se le cae al suelo, noto cómo algo frío me moja los pies. "Lo siento, no lo he hecho a propósito".
"Ya lo sé, no te preocupes; anda, ve a sentarte un poco mientras me limpio". Noto los pies pegajosos del güisqui. Afortunadamente, el servicio es impecable y han venido rápidamente a recoger los cristales y a limpiar el suelo.
"Vente conmigo arriba".
Mara me coge del brazo para llevarme a su baño.
"Te lo agradezco de veras, porque es un poco incómodo notar esa sensación tan extraña en los pies".
Me deja a solas en el baño para que me limpie, pero deja la puerta entreabierta y se sienta en su cama. "Ahhhh, mis piesssss, estoy cansadísima. Con lo cómodos que son los vaqueros y las deportivas".
"Ya sabes, como dice mi madre, para presumir hay que sufrir", respondo.
"Sí, claro, para el que quiera presumir está bien, pero yo no quiero".
Salgo descalza del baño, con mis sandalias en la mano y me siento en un sillón enfrente de ella. Es una habitación bastante amplia, con una cama de matrimonio en medio y un amplio ventanal en la pared de la derecha.
"Mujer, no seas así, tampoco es tan grave arreglarse un poco de vez en cuando, y que se fijen los chicos en ti" le guiño un ojo.
"Mira, no me hables de eso, porque estoy hasta el gorro de mi madre. Creo que quiere emparentar con la Condesa de Soto de los infantes a mi costa, y no sabes lo plasta que es su hijo Rafita. Pufff".
"Hija qué expresiva, jajaja". Se ríe conmigo.
"¿Si te cuento algo lo dirás por ahí?". Cielos, la temida frase. Odio que me pregunten eso porque no puedo faltar a mi palabra. Si es que a veces pienso que yo no sirvo para este trabajo.
"Si no quieres que se sepa, no se sabrá. Ya sabes que yo no soy una chismosa, o, al menos, lo soy sólo en la justa medida, por aquello de que no me echen del trabajo y para justificar mi sueldo, vamos".
"Es que conocí a un chico en Nueva York, y me gusta mucho".
"¡Qué bien! ¿cuál es el problema?".
"Para mí no hay ningún problema. Es perfecto, maravilloso".
"Pero ¿cuál es el problema?".
"¿Por qué tiene que haber algún problema?".
"Porque si no, no lo tendrías en secreto y ya me habría enterado por tu madre, por tu hermana, o por cualquiera de tus amigas".
"¿Tan indiscretas son?".
"No, es que yo soy muy buena haciendo mi trabajo", me sonrojo un poco echándome esas flores, pero sé que soy bastante perspicaz.
"Bueno, pues sí, tienes razón, para mí no es un problema, pero para mi madre sí lo es, y muy grande, por eso no se lo he dicho todavía: es negro".
"¿Quién es negro?".
Mara y yo miramos asustadas a la puerta, en ese momento veo aparecer a Marisa.
"Decidme, ¿quién es negro?".
"Marisa, ¡qué susto nos has dado! ¿no te han enseñado a llamar a las puertas?". Estoy indignadísima. Mara guarda la compostura.
"La pregunta no es quién es negro sino qué es negro", contesta Mara con gran rapidez de reflejos. "Estamos hablando de los claroscuros de la pintura barroca".
"Ah, eso no me interesa nada en absoluto", contesta con desdén. "Vámonos ya Seli, estoy cansada".
"¿Y dónde has dejado a tu amiguita Tania?" contesto bastante enfadada, aunque es verdad que yo también estoy cansada y tengo ganas de dormir.
"Se ha ido ya, mañana tiene una sesión de fotos y quiere estar descansada".
Mara y yo nos levantamos, y nos dirigimos a la puerta.
"Bueno Mara, cuando quieras seguimos hablando de pintura, sabes que si me necesitas me puedes llamar", le digo mientras bajamos por las escaleras. Todavía hay un poco de bullicio en el salón.
"Hija, Seli, ni que fueras a posar de modelo para ella" contesta Marisa.
"Ella ya sabe por qué se lo digo. Despídenos de tu familia, por favor". Nos damos dos besos con mucho cariño, se despide también de Marisa con otros dos besos. No veo a Pep por ningún sitio, supongo que ya se habrá ido a acostar; qué pereza me da llevar a Marisa a su casa, con lo cansada que estoy, en fin, afortunadamente, mañana no tengo que madrugar: es el privilegio de ir a una fiesta de trabajo. Marisa está medio dormida, por lo que no tengo que preocuparme de darle conversación; los pensamientos se me entrecruzan Mario y su embriaguez, Mara y lo que me ha contado de, cómo llamarlo, su negro. No me extraña que no se atreva a decirle nada a su madre con lo racista que es Doña Pilar.
"Marisa, despierta, que ya estamos en tu casa".
"Gracias Seli, me ha venido bien que me trajeras porque he bebido demasiado. Hasta mañana".
"No te preocupes, hasta mañana, que descanses". A veces estrangularía a Marisa, pero otras veces me da tanta ternura. En fin, a la camita, que ya es hora, mañana, bueno hoy, será otro día.
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